Hoy, melancólicamente, recuerdo ese desastroso partido del Cuscatlán. Desastre de juego. Desastre de entrenador.
Eran otros tiempos que no volverán. Afortunadamente. Eran tiempos en que el desahogo estaba en este pedazo de papel que tiñe de colores las tardes taciturnas de una ciudad que despertó eliminada.
Escuché decir en una clase a Alfredo Relaño que vendían más las portadas con victorias que con derrotas. Eso está estudiado fielmente por los que saben de este negocio: AS, Marca, etc.
La gente no busca deportes para deprimirse y entender derrotas. Busca deportes para encontrar héroes, fanatismo y seguimiento a sus temas favoritos. Es una realidad clara: si ganas, el pueblo es feliz; si pierdes, la gente te olvida. Pasa en todo.
La selección está destinada a llegar a la final. El 23 de enero queremos ir al Rommel a ver al equipo medirse, ya sea a Honduras, Guatemala, El Salvador o Costa Rica. No llegar sería un golpe de desánimo para la afición. ¿Exigentes? Claro, el día que se pierda la exigencia y reine la conformidad, estaremos del bando de los alabadores, que lo que terminan haciendo es daño. Mejor escuchar un consejo que una alabanza.
En este sentido, soy más pragmático; en lo personal, me importa tres petunias si Panamá juega bien o mal. Lo que me importa es que la Copa se levante en casa. ¿Es lo que vale? ¿o no?