“¿En qué para este vasto escenario de revoluciones que es el mundo? En pura desolación” Voltaire
Sammy, el boxeador.
Mi amigo Pimpito Dutary te inmortalizó en un dibujo. Con su pincel en la izquierda, detuvo tu gancho de derecha, justo antes de chocar con la quijada de Baby Uribe para colapso fatal. En el cuadro, por gracia de la plumilla mágica, ambos siguen con vida.
—Así que usted es escritor...
—Sí, y este lápiz es mi herramienta.
—¿Ves este puño? Pues esta es mi herramienta y pega más duro que cien libros tuyos.
—Está bien. Dígame, ¿le da miedo pelear?
—¿Miedo? ¿De qué, a quién? De lo que traen llevan.
—De los golpes al cerebro.
—¿Golpes al cerebro? Bah, el mío nunca sirvió de mucho.
—¿Lo han noquedo?
—Sí, hombre. La lona es dura y maldita cama de dormir. Pero es peor soñar noqueado por el hambre. Y le digo una cosa, yo también los he puesto a dormir cuando tropiezan con mi guante.
—¿Seguro que no le da miedo?
—¿Insistes con lo del miedo? Bueno, te diré, tengo miedo de que se evaporen mis ganas de golpear.
—No me mire así, no busco pelea.
—Mejor vete.
Nilsa, costurera en una fábrica
Había unas ochenta mujeres en ese taller. Y el miserable dueño tenía las puertas cerradas con un candado por fuera. Yo era bombero en ese entonces. Lo cité. Le pusimos una multa de dos mil dólares. Le pegamos donde le dolía. Allí conocí a Nilsa. Aproveché para hacerle unas preguntas:
—¿Cuál es tu mejor sueño?
—¡Que un día tendré mi taller!
—¿Con tu salario?
—¿Para qué cree usted que compro dos billetes de lotería? Con ellos abanico mis sueños. No importa que la realidad descosa la ilusión de mis bordados.
—Debes ser más realista.
—¡Déjeme el sueño! Sin él, ¿cómo aguantar ese minutero que tan lentamente le tuerce el cuello al tiempo?
—¿Y la vida?
—Le voy a confesar algo. Aquí no estoy entera. Algo de mí queda colgado en el ropero y en los ojos de mi hija. Aquí sólo mis manos, atadas a esta aguja que sube y baja que sube y baja que sube y baja...