Hay quienes dicen que vivimos tiempos distintos; es cierto. Pero también vivimos al revés. Y no es que caminemos boca abajo o que nuestra cabeza está en dirección opuesta al sentido de nuestras piernas. Se trata de situaciones menos complicadas.
Sucede que lo que antes era regla ahora es excepción y lo que se estimaba una obligación se ha tornado opcional.
Estamos tan de vuelta y media que hay niños que no tienen mamá, pero se pasean por las calles de este mundo con dos papás; hay gente que entiende que no hay otra manera de resolver sus problemas que no sea mediante el deceso de otros, y así pudiéramos enumerar un sinfín de ejemplos que representan esa extraña oda a lo inaudito.
Pero no hay que fijarse mucho en los grandes problemas que nos abruman como sociedad para identificar el hecho de que algo está torcido; basta con que nos ocupemos en ver nuestras acciones individuales y seguramente hallaremos respuestas claras sobre casi todo lo que nos aqueja.
Empecemos por echar una mirada a nuestro comportamiento social y preguntémonos después si estamos en la senda adecuada y, posiblemente, la respuesta nos golpeará la cara.
Veamos: alguien aborda un transporte público y saluda con un “buenos días”. Nadie le contesta, pero la mayoría clava sobre su anatomía miradas que parecen sicas. En ese contexto, quien actuó dentro de lo normal y se apegó al patrón de convivencia social es visto como el extraño.
Y ocurre lo mismo en colegios, oficinas, bancos, restaurantes, reuniones y en cuanto espacio donde se interrelacionan personas. Ya hay quienes han sucumbido ante la presión y optaron por llegar y no decir nada. Eso es entregarse y asumir que se perdió la batalla.
No hay que rendirse, y aunque a muchos les cueste responder y piensen que quienes saludan al llegar son bichos de otra galaxia, usted no se acompleje, los equivocados son ellos porque lo cortés no quita lo valiente.