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¿De dónde venimos? ¿quiénes ¿adónde vamos?

Recuerdo la sala en la que Arno pintó su mural llena de niños del edificio, curiosos ante el extraño visitante austriaco.


Ernst H. Gombrich, el historiador que bajo encargo cometió la osadía de escribir toda la historia de la humanidad en seis semanas, dice en su muy leída 'Historia del arte': «No existe mayor obstáculo para gozar de las grandes obras de arte que nuestra repugnancia a despojarnos de costumbres y prejuicios». Paul Gauguin intentó romper costumbres y prejuicios cuando regresó a Europa después de una estadía en los mares del sur y lo llamaron bárbaro. Precisamente lo que buscaba: barbarizar el arte.

En 1987 llegó a Panamá el pintor austriaco Arno Zissernig, con el que hice una amistad que aún conservo. Arno se había embarcado en la aventura austriaca de seguirle los pasos a Gauguin, quien cien años antes había sido obrero del Canal de Panamá, y de ahí iría a Martinica. Yo había regresado de España hacía dos años y vivía en uno de los multifamiliares de Paraíso, en San Miguelito. Un apartamento visitado por poetas, músicos, actores, pintores, mimos y otras especies más raras: antropólogos y doctores en medicina con aficiones artísticas. En aquel apartamento, ruidoso y con más plantas que muebles, puede que todavía exista un mural. No lo sé.

Para que economizara dinero le propuse a Arno que podía quedarse a vivir en Paraíso, y que si quería, ahí tenía la pared de la sala para que pintara lo que quisiera. En poco más de un mes terminó una obra que llamó: ¿De dónde venimos? ¿quiénes somos? ¿adónde vamos?. El mismo nombre de la obra que pintaba Gauguin en Tahití, cuando decidió llenarse la panza de arsénico porque sus cuadros no se vendían en París.

Bob Toledano, el empresario que fue mi mecenas por un tiempo, —y también del grupo Ars Antiqua (predecesor de Saltimbanquis)— sentenció una vez con cuatro whiskies encima: «algún día esa pintura valdrá más que todo ese edificio en el que vives». En 1992, cuando me marché de Panamá por segunda vez, mi madre vendió el apartamento y es muy probable que quienes lo compraron hayan tapado el mural con una pintura plana y menos desvergonzada.

Recuerdo la sala en la que Arno pintó su mural llena de niños del edificio, curiosos ante el extraño visitante austriaco al que a veces confundían con Cristo, por su barba y pelo largo, y al que le pedían milagros. Arno les daba papel blanco y lápices de colores, se sentaban todos en el suelo y entonces eran ellos, los niños, los que pintaban sus milagros en un taller improvisado.

Y eso es todo lo que quedó de aquellos días: la memoria de un enorme mural de muchas vivencias.


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945643
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América