Francisco Moreno Mejías llegó a Panamá procedente de Sevilla de las manos de Sandra Cotes, una colonense que conoció mientras ésta estudiaba Historia de América en España y con quien se casó, después de tres años de noviazgo.
Pero esta historia no comenzó allí. No es la clásica historia de amor entre dos amantes del arte y de literatura.
Antes Don “Paco” Moreno debió, junto a su familia, enfrentar a la poliomielitis, burlar el régimen de Franco y hacerse albañil desde muy joven.
A los 14 meses de edad, mientras vivía en un área apartada a 11 kilómetros del pueblo de Guadalcanal, su pierna derecha fue afectada por la “polio”.
Sus padres, a la sazón, gente de poca preparación académica, supieron que en una aldea llamada “Casa de reina” vivía un prominente médico republicano que había llegado a esos lares por obra y gracia del dictador Francisco Franco, quien al no atreverse a fusilarlo, prefirió mandarlo a ese “exilio”.
Después de salvarle la pierna, con una curación primitiva, finalmente el hoy escritor comenzó a mover los dedos, pero la pierna seguía débil.
Era necesario practicar algunas operaciones y de allí vino su traslado a Sevilla, y en el sanatorio “Los hermanos de San Juan de Dios” se logró que le practicaran las cirugías, aunque para ello su padre -quien había luchado en la guerra contra Franco- tuvo que mentir declarándose “católico practicante y pobre de solemnidad”, que eran los requisitos para recibir la atención médica.
Resuelto el obstáculo físico, estudió tres años en Sevilla “algo que llamaban cultura general”, según sus propias palabras, y de allí en adelante se dedicó a trabajar en la construcción por 13 años consecutivos, junto a su padre.
En eso vino el noviazgo, el matrimonio, los hijos y eventualmente un viaje a Panamá que se suponía temporal y terminó siendo definitivo.
Aquí ha hecho de todo. Comenzó en Colón de donde era oriunda su esposa, la afamada pintora y educadora Sandra Cotes.
Allí trabajó como dependiente en un supermercado; representante de una compañía de seguros; en otra empresa dedicada a la compra de artefactos para el hogar; fue socio en una cafetería y finalmente mueblero.
“No era bachiller ni tenía nada que me sirviera para ir a la Universidad”, recuerda el hoy flamante escritor, crítico de literario y guardián del buen hablar y escribir, “pero había que ganarse la vida”.
Hoy, más de 40 años después, está complacido porque por primera vez está trabajando en algo que le gusta.