Me cabrea que la gente rebuzne sobre lo que no conoce. Me estomagan los que repiten consignas que unas cuantas mentes brillantes han barruntado en medio de su iluminada meditación. Sin ir más allá. Con lugares comunes y muchas palabras rimbombantes.
En diecisiete años en éste país he escuchado muchas veces a esos gurús defensores de la democracia avisando de los peligros de la militarización de la policía fronteriza. Avisando con el pánico en la voz temblorosa de los males terribles que ocurrirán si se sigue cuidando y protegiendo a los que a su vez cuidan nuestras fronteras. Yo oía y callaba porque no sabía mucho del tema. Daba el beneficio de la duda a los agoreros y pensaba que quizás, efectivamente, los que patrullaban las fronteras eran unos gorilotes sin cerebro que solo pensaban en matar, matar y matar.
Pero les cuento que ahora sí hablo. Porque me he pasado más de una semana con un grupo de ellos. Día y noche en su compañía. Hablando mientras caminábamos por un entorno absolutamente hostil para el ser humano. Deslizándonos por barrizales, clavándonos espinas, esquivando serpientes, alacranes y arañas. Nosotros resollando con nuestras mochilas y ellos inmutables con sus arreos, su mochila, su casco y su arma. Sin desfallecer.
Y tenían aún ánimo para ayudarte y sonreírte. Y descubrirte una inmensa calidad humana que para sí quisieran muchos que andan por ahí dándose golpes de pecho y colgándose las medallas de salvadores de la democracia. Estos hombres se visten por los pies. Tienen miedo y se lo tragan, pasan sed y se la aguantan, duermen mal, comen poco, pasan semanas y semanas separados de sus familias, de sus hijos recién nacidos y aun así están ahí. Al pie del cañón, en el medio de la nada verde.
No todos soñaron con ser lo que son, muchos entraron en el cuerpo porque no había muchas opciones de futuro en su entorno, otros porque era lo que más se parecía al sueño que sabían que nunca podrían cumplir. Pero sea como sea, todos ellos son conscientes de su responsabilidad y están orgullosos de estar donde están.
Podemos hablar mucha mierda en nuestro civilizado entorno, y elucubrar teorías, pero lo cierto es que nuestro país es un paso obligado en el recorrido de ida y vuelta del negocio de los estupefacientes y ese es un peligro real que puede afectar a todos. Si no hay más problemas, es porque un puñado de hombres se juegan la vida, literalmente, en medio de las selvas, las costas y las montañas que nos limitan. Vigilando, controlando, siguiendo, capturando.
Nada de lo que te imaginas te prepara para la realidad del día a día allí. Y el miedo a que te ocurra algo a montones de horas de distancia de cualquier sitio civilizado no es solo algo teórico, es una realidad tangible. Imagino la angustia de la familia cuando regresan a su puesto, el no saber, la incertidumbre, el golpe en el corazón cuando salta la noticia. El miedo a la llamada en medio de la noche.
Y también imagino la amargura que han de sentir cuando, sabiendo lo que saben, oyen a los gurús de las libertades escupir ignominias desde su comodidad.
Pues bien, ahora que yo también sé, les informo de que también me indignaré la siguiente vez que alguien hable pendejadas del SENAFRONT. Porque no hay con qué pagarles los esfuerzos que hacen para que, dentro de lo posible, mis hijos puedan vivir en un país seguro. Porque sin ellos, aquí regiría, literalmente, la ley de la selva.