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Delirios ardientes de amores eternos


¡Ah! ¡Qué bonito es el amor… cuando es de a de veras! Hoy me he levantado romanticona y he decidido cantarle al pequeño angelote que anda por ahí en cueros vivos y con un arco. Porque aunque aún no ha llegado el catorce de febrero, ya empieza a hacer sentir sus flechitas traviesas por doquier. Y todo el mundo se mira a los ojos y suspirando se dicen con vocecilla melosa:

Entre lo que me quieres y te quiero, aire de estrellas y temblor de planta espesura de anémonas levanta con oscuro gemir un año entero.

Digo, eso lo dirían si supieran quién es Lorca, cosa que en los tiempos que corren cada vez es más difícil, pero en fin, ustedes me entienden, que se dicen cosas como esa, pero con menos estilo.

 

Y cuando veo lo que veo y oigo lo que escucho me digo a mí misma, ¡pero cuánto daño nos ha hecho Disney! Porque amor y enamorados ha habido toda la vida, la gilipollez es contagiosa y la evolución se vale de esos subterfugios amelcochados para conseguir que el género humano, dañino por demás, se reproduzca y haya llegado a llenar la Tierra más de lo aconsejable. Así que entre vapores rosas y dulzores eternos nos vamos dejando llevar por el gustito. La cosa es que mientras que los antiguos daban una de cal y una de arena y sabían que lo del amor eterno sí, pero poco, la factoría que ha tergiversado todos los cuentos de hadas con la ayuda de los Grimm, nos ha hecho olvidar que muchas de esas historias tenían un trasfondo oscuro y trágico. Y que algunas terminaban realmente mal. Nada que ver con el fueron felices y comieron caviar perdiéndose en el horizonte de celajes arrebolados.

Pero hoy en día la gente no sabe lo que conlleva amar de verdad, la sangre, el sudor y las lágrimas que tienes que derramar para estar con una persona en las malas y en las menos malas. Y a veces pensar que te has equivocado, pero asumir tu lealtad y continuar al pie del cañón hasta que las cosas mejoren y te das cuenta de que mereció la pena, o no. Pero, como los tercios de Flandes en Rocroi, decir: esto es lo que hay y vamos hasta el final. Hoy, en esa búsqueda absurda del amor eterno, se olvida la gente de que el amor eterno no existe.

Y se embarcan en aventuras efímeras en las que las cantidades industriales de oxitocina que corren por tu sistema cuando tienes la lengua del otro enroscada en la tuya te hacen creer que dentro de dos años (o dos meses, vaya usted a saber) no te va a dar asco que esa misma lengua se te acerque.

 

El amor, señores… el amor… hacían bien los antiguos en preferir el honor y el deber a esa locura, que si viene dada por añadidura, estupendo, pero que como única columna de una relación no lleva más que al fracaso. Porque lo de ‘contigo pan y cebolla’ suele ser mentira, y lo de ‘hasta que la muerte nos separe’ es demasiado tiempo cuando empiezas a darte cuenta de que tu príncipe azul ronca cual oso hibernando, tiene la fea costumbre de revisarse los dientes con la lengua después de comer, o tu princesa, a pesar de lo que te hayan dicho, no caga yogur.

Así que aquí estamos, una sociedad de descerebrados ingenuos que creemos en lo que nos dice una cómica en la que los pajarillos hacen coros con una mema que convive con siete enanos.


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776508
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América