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Democracia en pijamas

Micheletti y los golpistas hondureños dicen contar con el mayoritario respaldo del pueblo hondureño y sin embargo, decidieron inexplicablemente acudir a los gorilas para perpetrar su impunidad, cuando a ojos vistas solo tenían que esperar a noviembre.


Al margen de las especulaciones y suposiciones ideológicas que sobre el caso de Honduras se han tejido, es un hecho cierto y comprobado que el domingo 28 de junio bajo el amparo de la madrugada fue sacado en pijamas de su residencia el presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya Rosales, mediante la acción de fuerza de un grupo de militares hondureños siguiendo órdenes de la Corte Suprema de Justicia, del Congreso Nacional y con el aval de la élite política y empresarial de ese país.

Este hecho por más que se intente no puede ser dejado al margen del debate, especialmente por quienes pretenden sustentar la ilegalidad del derrocamiento de Zelaya argumentando paradójicamente razones constitucionales.

 

Considero que nadie en su sano juicio podría justificar jamás ante el escrutinio de la historia esta conducta primitiva que nos retrotrae al oscuro periodo no tan lejano en el recuerdo, en el que se establecieron en nuestra América Latina las dictaduras militares, so pretexto de reemplazar a malos Gobiernos a través de golpes de Estado.

A raíz de estos acontecimientos recientes acaecidos en el hermano país uno de los más pobres de nuestra América, debo decir que en verdad resulta vergonzoso, conocer la opinión de algunos analistas políticos locales, incluso varios intelectuales de reconocido y relativo prestigio internacional, que otrora se ufanaron en pregonar y defender principios antimilitaristas en el intento juicioso de ir perfeccionando culturalmente nuestras incipientes democracias, y ahora así porque sí en el caso de Honduras, ven como buenas las mismas acciones que antes censuraron a capa y espada en otros países y se han guardado sin rubor los principios en el bolsillo, prestándose a aplaudir el nefasto retorno del gorilismo en nuestra América, por el prurito del prejuicio ideológico ante la eventual influencia de la caricaturesca y desquiciada izquierda de Chávez en nuestro continente.

 

Si nos ubicamos en el contexto debido, y nadie hasta el momento ha podido demostrar lo contrario, tal parece que el crimen o el delito imperdonable del presidente Zelaya fue atreverse a querer consultar al pueblo hondureño, preguntarle, tomarlo en cuenta, a través de un referéndum para intentar, así, cambiar a futuro (recordemos que las elecciones que ponen fin al mandato constitucional de Zelaya son en noviembre próximo), las rígidas (pétreas) estructuras de funcionamiento del estado al servicio por más de 27 años de los intereses oportunistas de la clase económica y política hondureña, quienes irresponsablemente decidieron unirse para dar un golpe de estado y mantener así el status quo que les ha favorecido siempre y que ha mantenido en una de las más aberrantes pobrezas del continente al hermano pueblo hondureño. Sí, estamos hablando de ese mismo pueblo que eligió presidente a Zelaya en elecciones libres y democráticas el 27 de enero del 2006 con una diferencia a favor de casi 75000 votos por encima de sus competidores. De ese pueblo que los golpistas oligarcas dicen ahora representar y que curiosamente más del 70% sigue siendo pobre y cerca del 40% vive con menos de un dólar al día.

El peligro de la influencia ideológica fue sólo la excusa que encontraron los golpistas, y les vino a pelo, pues con ella han logrado cautivar a varios ingenuos espectadores de nuestro continente y a no pocos intelectuales de trayectoria que por cierto, al menos para mí han quedado devaluados por el manejo plástico que han hecho de sus principios.

Micheletti y los golpistas hondureños dicen contar con el mayoritario respaldo del pueblo hondureño y sin embargo, decidieron inexplicablemente acudir a los gorilas para perpetrar su impunidad, cuando a ojos vistas sólo tenían que esperar a noviembre próximo para darle un contundente rechazo en las urnas a las supuestas aspiraciones reeleccionistas de Zelaya. Como es su costumbre (o más bien su formación casual en la Escuela de las Américas) los gorilas en atención al cacareado e irracional concepto de obediencia debida que los caracteriza, repartieron plomo en el aeropuerto a los miles de simpatizantes hondureños que sólo querían saludar y recibir a su Presidente. Hoy este escandaloso precedente ya marcó irremediablemente con el luto y el dolor a la familia hondureña con al menos una víctima inocente.

 

La solidaridad internacional ha sido puesta a prueba, esta vez de manera exitosa y contundente. No existe un sólo país y Gobierno del planeta que de manera oficial o diplomática siquiera, le haya brindado respaldo a la acción aberrante de los golpistas hondureños. La tarea es fácil, menciónenme uno para desmentirme.

Claro estoy que la dialéctica serena y razonada no puede competir con quienes se aferran al fanatismo emocional o al dogmático temor de los prejuicios. De allí que respecto a las contundentes resoluciones de la OEA y la ONU condenando el golpe militar en Honduras, hay quienes se han atrevido a explicar este hecho afirmando que los gobernantes del mundo (el propio Obama incluido) se han convertido en cachorros o amanuenses de Hugo Chávez (mi elemental sentido común me dice que el loco de Chávez no puede ser tan berraco).

A propósito me da la impresión de que los intereses de los sectores económicos dominantes que auparon y promovieron el derrocamiento de facto del presidente Zelaya en Honduras, son los mismos que con otros actores, han pelechado de la clase política corrupta en nuestras imperfectas y endebles democracias empijamadas en toda América Latina y es la causa fundamental por la que muchos pueblos de nuestro continente han visto frustradas sus esperanzas de alcanzar mejores días a través de la democracia tradicional electorera a la que pretenden acostumbrarnos, y es también la causa fundamental de que el populismo chavista o el retorno de los regímenes de fuerza, se consideren siquiera como opciones.

 

De tener éxito en sus malsanos propósitos los golpistas hondureños, no me extrañaría que en nuestro querido país, los ahora asustados oportunistas panameños se lleguen a sentir envalentonados y decidan volver la vista hacia nuestros gorilas criollos en reserva, e intenten con su auxilio cómplice detener el mazo que con decisión y valentía ha decidido levantar nuestro Presidente con el respaldo de la mayoría de los panameños, para acabar de una vez por todas con la corrupción imperante y generar el verdadero cambio que anhela Panamá y que por cierto anhela también Honduras y todos los pueblos de nuestro continente, al margen de legalismos acomodaticios o de etiquetas ideológicas trasnochadas e idiotizantes, sean estas de izquierda o de derecha.

Recordemos que cuando todo es complicado, la solución está en lo básico. El problema no radica en las insuficiencias, sino en la manera como escogemos resolverlas. Tal como en su momento dijo el Presidente de Costa Rica, los problemas de la democracia se resuelven con más democracia y no con golpes de Estado.

Sólo hay algo peor que el nefasto y deprimente espectáculo troglodita que le han brindado al mundo los golpistas hondureños encabezados por Micheletti y es que nuestros pueblos renuncien al derecho de saber leer entre líneas y diferenciar el pasto de la maleza, en cuyo caso estaríamos destinados a tropezar varias veces con la misma piedra y condenar de paso a nuestros Presidentes democráticos a esperar empijamados cada noche la incertidumbre de un nuevo amanecer.


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450415
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América