El Museo Antropológico Reina Torres de Araúz (Marta) resiste los embates del olvido y la desidia, mientras el influjo gubernamental llega con cuentagotas. En tanto, nos desayunamos la noticia de que de nuestros impuestos se aportarán 6.7 millones de dólares para la construcción y funcionamiento de un recinto que tendrá el suntuoso nombre de "Museo de la libertad y los derechos humanos". ¿Libertad de quién, derechos de quién?
Se trata de un absurdo más, propio de un país que tercamente insiste en poner la carreta delante de los bueyes y que rehúsa a establecer prioridades a la hora de utilizar los recursos de la colectividad.
Este año se destinaron $500 mil del presupuesto del Instituto Nacional de Cultura para los 18 museos que, a nivel nacional, están bajo la égida de esa entidad. El 60% de ese total ($300 mil) estaba destinado al Marta. El resto debía ser distribuido entre los 17 restantes, muchos de los cuales están cerrados y en proceso de reparación.
Hasta hace tres meses, al menos el 40% de los museos del Inac estaban dando tumbos, víctimas de la apatía y el menosprecio oficial. Y, para vergüenza nacional, el Museo Antropológico, ese en donde se resguarda la mayor parte de la historia del "hombre panameño", está clausurado hace rato. En otras palabras, nos estamos negando a nosotros mismos.
Avalar la apertura de un nuevo museo, con recursos oficiales, mientras el más importante del país está en abandono, es una estulticia colosal.
No importa el nombre que le pongan: de la Democracia, de la Libertad o de los Derechos Humanos, nada justifica la edificación de un museo tan costoso mientras no se lave la cara de los otros, especialmente del Marta.
Sería menos torpe y grosero que se empeñaran en reabrir el Reina Torres de Araúz y que dentro del mismo se habilite un espacio para "celebrar la promoción y observancia de los derechos humanos, la libertad y la democracia" como se ha querido vender tan inoportuna iniciativa.
Si seguimos con la mala práctica de no saber distinguir entre lo importante y lo transitorio, no llegaremos muy lejos. Y lo lamentable será que cuando decidamos mirarnos en el espejo de la historia, no podremos reconocernos porque ya no seremos nada.