“Pensamientos tontos los tenemos todos, pero el sabio se los calla”.
Wilhelm Bush
Converso con alguien dentro de mí. No estoy muy seguro de quién sea, mejor dicho, no tengo la menor idea de quién es. A veces me recuerda a Tito Piedra (por la intimidad que ha conseguido conmigo), pero en una versión femenina. Miren no más de lo que me ha hablado la última vez: «Algunas personas hacen yoga, ya tú sabes, meditación trascendental; otras corren para que las piernas piensen por ellos; algunas beben zumo de cañafístula lentamente y se trasladan al rosado nirvana; otras, más sofisticadas, acuden a la acupuntura o a los solitarios de barajas, o a encampanar cometas. ¿Me puedes decir qué haces tú, aparte de leer y escribir, para escapar de la realidad cuando ésta comienza a mortificarte?
Te confesaré –le digo– me dedico de lleno al ejercicio más complicado y extenuante que hay, el de no pensar. Primero que todo, busco en YouTube un Mix de Bach (Contrapunctus, Fugues, Concertos, Toccatas). Espero a que llegue mi favorita: Toccata y Fuga en Re menor, es cuando sus pizzicatos me envuelven en el celofán de la nada. Entonces me estiro en la silla, me tomo la cabeza con ambas manos, cierro los ojos y ordeno a mi cerebro: «Achica tus tanques de reserva de pensamientos, que no te quede nada, ni en las sentinas. No quieras recordar el ayer ni planear para el mañana; elimina los reclamos del cuerpo, evapora los dolores, apaga el celular, borra la última buena frase que se te ocurrió; no quieras lucubrar, ni meditar, ni reflexionar; ni siquiera pienses en que todas las palabras son la misma vaina. Vacía ese cerebro empedernido, ¿es que no puedes detenerlo? ¿acaso no eres tú el dueño y señor? ¡Cambio y fuera!
¿Y qué pasa? Casi nunca pasa nada, sencillamente no me hace caso. Ah, pero algunas veces...
¡Por las chancletas de Mercurio! Algunas veces quedo como un Chacumbele dormitando después de hartarse de gallo pinto. Es como si navegara en una panga que flota sobre Glostora, arrullado por dos mudas que tocan cítaras sin cuerdas. Arribo a una isla color caimito y quedo varado bajo un corotú, tan silencioso como yo.
¡Lo lograste! Me felicita esta mujer que no sé dónde se esconde. Y ¡flop! Pone a funcionar nuevamente la máquina impertinente y tenaz de mi cerebro.