Perfil
- Nombre: Esteban Antonio Skármeta Vranicic
- Origen: Antofagasta, Chile. 1940.
- Profesión: Escritor, guionista, músico, a veces actor.
- Obras: Ardiente paciencia (posteriormente titulada El cartero de Neruda). Matchball, novela, La Cenicienta en San Francisco y otros cuentos. Pescado; La chica del trombón; El baile de la Victoria; Dieciocho kilates, Un padre de película y Los días del arco iris.
Después de disfrutar lo que definió como “ponencias deliciosas” en el congreso de la lengua española y ver los encantos de Panamá, fue relativamente fácil persuadir a Antonio Skármeta para que se quedara dos días más con el fin de compartir la charla titulada “La publicidad, la gota que rebasa el vaso”.
Pocas horas antes de que cayera la tarde del jueves, Skármeta -un escritor chileno ampliamente conocido en el continente- llega al sitio pactado y disfruta de una bebida, mientras contempla el bullicio de la Vía España desde la terraza que le sirve como sala de espera mientras va llegando su audiencia.

Al rato comienza su presentación, la cual cautiva a los presentes por su elocuencia, buen humor y sus excepcionales cualidades histriónicas.
Ahí contó cómo la sociedad chilena convirtió el No en algo positivo y la manera como mediante un proceso cívico y serio, pero alegre, puso uno de los últimos clavos al ataúd en el que se enterraba para siempre la vida política de Augusto Pinochet.

Casi una hora y media después, Antonio Skármeta (Antofagasta-1940), autor de la novela ‘Ardiente paciencia’, que llegó al cine como ‘Il Postino’, hace gala de su paciencia. Firma dos y tres libros a cada uno de los que se le aproximan, se toma decenas de fotografías, conversa y responde cada pregunta, reacciona ante cada gesto, aunque es obvio que tanto cariño, aunque le gusta, lo sorprende y apena.
Para calmar la sed, pide un trago de soda light; le entregan una segunda lata, y a la pregunta de que si consume muchas de estas, responde con el ingenio y el buen humor que le son característicos: “Los hombres profundos beben ligth”.

El salón se empieza a vaciar y el ambiente estaba dado para formular unas preguntas más. A don Antonio no se le acaban las energías -a pesar de que ese mismo día amaneció en la televisión para hablar- se sienta otra vez y resuelve nuevas interrogantes.
Usted acaba de decir que el lenguaje tiene que salir a competir y entrar al juego de la subcultura, ¿pudiera explicar eso?

Me refiero muy exactamente a la relación de cultura y televisión. Lo que pienso, tras una experiencia que he tenido, es que para que la cultura, el libro, los autores logren dar una señal en la televisión abierta, es necesario que el comunicador que trabaja con estas materias relacionadas con la creación más sofisticada se anime a aceptar la subcultura que es lo que la gente ve en televisión. Que no se maree ante la banalidad de la gente, su gusto por la música popular, sentimental, barata; su éxtasis ante el deporte, sus manifestaciones de moda. Todo esto tiene que asumirlo un comunicador si quiere poner en el cuerpo de la sociedad que está movida e interesada por esos temas que a un intelectual le pueden parecer banales. Tiene que asumirlos si quiere traer o conectar a esa gente con este producto más sofisticado que es el libro o la meditación o lo que sea, que es distinto a lo que ve el consumidor en televisión, de manera cotidiana por lo cual hay que acostumbrarlo.
Para la mayoría de los intelectuales, ese puede ser un reto difícil de vencer.
Si el intelectual tiende a tomar una pose distante, se “engolatra” y asume una pose soberbia o distante, es muy difícil que se supere aquello que se llama un programa cultural entre comillas los cuales están condenados a baja sintonía y no a tener una repercusión vital en la sociedad.
Usted lo está poniendo en el contexto ideal, en el sentido de que la televisión les dé espacio a estos contenidos, pero la realidad es otra.
Parto de esa base, de que alguna emisora de televisión como lo fue el caso mío con Televisión Nacional de Chile o con People & Arts, Discovery o con el Canal A de Argentina con el que hicimos el programa ‘Un mundo alucinante”, claro, quieren tener un programa con estas características, entonces uno tiene que rendir en audiencia a estos programas y la audiencia tiene que ser sensible. Efectivamente, si los productores y los programadores invierten un tiempo, entonces esos programas tienen que tener recepción y para que tengan algún grado de recepción, que los hagan potables, yo creo que hay que establecer una alianza entre cultura y subcultura.
¿Hay alguna fórmula para alcanzar el éxito en este caso?
El comunicador o comunicadora tiene que tener una alegría de convivir con el mundo subcultural y no una distancia crítica frente a ello. Ese es mi punto de vista.
¿Es una forma de reconocer que la subcultura está ganando la batalla?
Sí, es obvio.
¿Hay quienes dicen que la sociedad de ahora es más de imagen que de letras, de libros?
Yo no estoy tan seguro. Hay un gran intercambio en las nuevas generaciones de mensajes verbales. Lo que pasa es que el intercambio que tienen suele ser espacios comunes que no tienen ninguna excitación, ninguna fantasía en el lenguaje. No estoy convencido de que sea una sociedad de imágenes. Detrás de las imágenes siempre hay una palabra. Hay que ver la manera como se activa esta palabra. Si quiero vender una botella de buen vino, lo más probable es que ponga los labios rojos de una mujer.
¿Está la gente leyendo los libros que hay que leer?
Yo no sé si está leyendo los libros que hay que leer. Los libros tienen visibilidades en los espacios acotados (secciones culturales, espacios especializados, etc.), que son los espacios culturales, y depende de esos grupos minoritarios que dictaminan en cada país qué es lo que conviene leer. Otra cosa es el best selleraquel que epidémicamente se vende porque está bien publicitado, porque es del gusto de la gente.
¿Cómo analiza el tema de la lectoría con respecto al lenguaje?
Quienes leen tienen un mundo más rico, son más sensibles, trabajan con imágenes alternativas y no solamente con lugares comunes, por lo tanto, pueden aplicar su inteligencia a asuntos más sofisticados, que son relevantes para la sociedad; pueden también mejorar su sintaxis, su ortografía, su modo de expresión, la expresividad de sus sentimientos, pueden llegar incluso a contestar con un lenguaje adecuado a una mujer que amen, de manera que la lectura potencia el lenguaje.