Una década del Canal de Panamá en manos enteramente de los panameños es sin duda el hecho más relevante que ha sucedido en nuestro país a principios del siglo XXI y un signo especialmente alentador de lo que puede ser el nuevo milenio para nuestra patria y su gente.
El Canal era ya, desde hace un siglo y en todas partes, el símbolo por antonomasia del istmo, la "marca registrada" de Panamá, aquello que nos reconocía instantáneamente en todo el mundo. Cualquier habitante del planeta aún someramente educado conocía, antes que la existencia de la República, el nombre del Canal de Panamá. Lo que sucedía con la obra interoceánica, vía de comunicación fundamental de los espacios marítimos oceánicos, eje mayor de transporte y comercio de todos los continentes, se trasladaba automáticamente al Estado que la albergaba.
La excelencia de la administración del Canal intermarino en manos de los panameños es, en consecuencia, un rasgo fundamental que nos atañe a todos y se convierte en un elemento muy fuerte de nuestra personalidad como colectividad humana organizada, que ofrece una imagen propia y muy positiva a la comunidad internacional. Esa "marca registrada" que es el Canal de Panamá ha ganado, en los últimos diez años, un valor suplementario que se aplica hoy a todos nosotros y se añade a nuestros activos más preciados.
Mi experiencia reciente en Europa como Embajador de Panamá en Francia durante tres años y medio, me permitió advertir que el Canal de Panamá en manos de los panameños, al principio fuente de aprensión a causa de recuerdos históricos negativos y de la desconfianza en la capacidad de los latinoamericanos para trabajar con ahínco y eficiencia, se convirtió rápidamente en motivo de asombro y luego de grata satisfacción. Dos hechos importantes fundamentaron esta nueva percepción. Primero, el impecable manejo que hacían los panameños de la vía interoceánica, mejor aún que bajo la administración de los norteamericanos reputados por su eficacia técnica y administrativa. Segundo, el proyecto adoptado por Panamá de ampliación de su capacidad mediante un tercer juego de esclusas capaces de admitir naves mucho mayores, los post-panamax, que dominarían los mares en la primera mitad del siglo XXI.
En más de veinte conferencias magistrales que durante tres años dicté para promover a mi país a lo largo del territorio francés, el Canal de Panamá en manos panameñas y su vasto proyecto de modernización eran como un "ábrete sésamo" para atraer la atención de audiencias particularmente exigentes e ilustradas. El presente y el futuro se aliaban así para despertar la admiración y el interés de los franceses sobre nuestro istmo y su porvenir, y el Canal de Panamá era la llave maestra, la "marca registrada" que operaba ese milagro. Esa opinión prevalecía en otros países según me comentaban mis colegas.
La buena reputación del manejo del Canal en manos panameñas no es el resultado del azar. Es la conclusión lógica de varias acciones racionales y sensatas que tomamos los panameños desde hace ya varias décadas. Primero, la concertación de los Tratados Torrijos-Carter que pusieron una fecha definitiva, al mediodía del 31 de diciembre de 1999, a la presencia norteamericana en Panamá y a su control de la vía interoceánica. Segundo, un período de transición de veinte años, de 1979 a 1999 pactado en dicho convenio, para que la transferencia de la vía interoceánica se hiciese con el menor trauma posible, durante el cual habría una presencia creciente de Panamá en su administración y decreciente de Estados Unidos. Tercero, un acuerdo entre todas las fuerzas políticas y sociales de Panamá para elevar el asunto del Canal más allá de los apetitos partidistas, tanto constitucional como legalmente, mediante un marco jurídico que ha funcionado perfectamente y que ha permitido el funcionamiento de la vía intermarina sin interferencias políticas y al margen de la corrupción pública, con la colaboración de los usuarios, las empresas navieras más importantes y las organizaciones internacionales especializadas en asuntos marítimos. Cuarto, la existencia de un equipo de trabajo en la Autoridad del Canal de Panamá, altamente profesional, cohesionado, entrenado y con experiencia, bajo el liderazgo de su administrador, Alberto Alemán Zubieta y una Junta Directiva que representa acertadamente diversos sectores nacionales políticos y profesionales. Quinto, el sentimiento de excepcionalidad, la fuerte conciencia de participar de una responsabilidad histórica de parte de los ejecutivos, técnicos y trabajadores de la Autoridad del Canal de Panamá quienes, al ocupar la cima del funcionariado nacional, también forman parte de la principal empresa pública que representa la mayor esperanza de nuestro futuro y no sólo por los ingresos sino, sobre todo, por su condición de ejemplo para el resto del país de las bondades de una administración impecable de los recursos del Estado.
Esa buena reputación de la Autoridad del Canal de Panamá y de la excelencia de diez años de administración de la vía interoceánica en manos panameñas, reposa sobre logros bien precisos que podemos resumir en unas cortas líneas: un aumento apreciable de los ingresos que, después de gastos, se destinan, en su mayoría, a las arcas nacionales para resolver acuciantes problemas sociales; una inversión apropiada y significativa en el mantenimiento y modernización del Canal actual, y una caída también sensible de los accidentes marítimos al tiempo que disminuyen los tiempos del paso de las naves entre los dos mares, a pesar de que su tamaño promedio no ha cesado de crecer. También reposa esa buena reputación de la Autoridad del Canal de Panamá, en el manejo perfecto del tema de la ampliación de la capacidad del Canal para enfrentar una demanda creciente a mediano y largo plazo y, sobre todo, para entrar al atractivo mercado de los post-panamax, las naves que ya son del presente y que lo serán mucho más del futuro previsible. Manejo que se inició por la elaboración de voluminosos estudios profundos sobre los más diversos temas relativos a dicha ampliación, mediante un tercer juego de esclusas capaces de manejar naves de todo tipo de hasta 150,000 toneladas de peso muerto y que continuó por la presentación a los ciudadanos, por parte del Gobierno Nacional, del gran proyecto aprobado mediante referéndum por amplia mayoría. En esto nuestro país, gracias a la iniciativa de la Autoridad del Canal de Panamá, ha regresado a una idea que estuvo en el corazón mismo del proyecto de la vía interoceánica replanteado por los norteamericanos hace ya más de un siglo, la de adelantarse al futuro y crear de cierta forma el porvenir al facilitar el fortalecimiento de las rutas marítimas existentes y hasta de propiciar el surgimiento de nuevas cuando ofrece, a naves más grandes, la posibilidad de transitar entre el Atlántico y el Pacífico por un istmo en el medio de la geografía del continente americano.
Esa acción pionera, propia de los visionarios y de los fabricantes del futuro debe convertirse, además, en efecto demostración para el resto de Panamá y los panameños.
Diez años de manejo impecable del Canal de Panamá en manos de los panameños disipa toda duda sobre nuestra capacidad de manejar, con igual o mayor eficiencia y probidad, el resto del país. Elimina toda aprensión sobre las modalidades de acción de parte de las agencias estatales si toman como modelo lo que ya se hace en Panamá y por funcionarios panameños desde hace una década. La Autoridad del Canal de Panamá es un ente público y, en consecuencia, forma parte de todo el aparato estatal. Sin embargo, la calidad de su funcionamiento y administración es netamente superior al del resto de las agencias estatales, ministerios, secretarías y entidades autónomas. Es un hecho incontrovertible probado sobradamente y que nadie, que actúe de buena fe, puede cuestionar. ¿Por qué otras agencias públicas panameñas no pueden inspirarse de este ejemplo relevante y positivo? ¿Por qué no construir un Panamá nuevo bajo el influjo de los mecanismos, la tecnología, la mística y los resultados de la Autoridad del Canal de Panamá? Nuestro país tiene enormes desafíos aún para lograr resultados aceptables tanto de acuerdo con las expectativas de nuestro pueblo como de la comunidad internacional. Disminuir la iniquidad económica y la desigualdad social que se encuentra entre las mayores del continente y del mundo, aumentar, mediante una educación de verdadera calidad, el bagaje cultural de los panameños y su capacidad de convivencia pacífica y armónica y ocupar el lugar que nos merecemos en el concierto de las naciones es una tarea ciclópea, es cierto, pero realizable a mediano plazo.
La Autoridad del Canal de Panamá debería servir no sólo para hacer transitar naves entre dos grandes océanos y apuntalar las finanzas estatales sino, sobre todo, como modelo de eficiencia administrativa y probidad para alcanzar grandes metas, objetivos que formen parte de un plan nacional de desarrollo, de una visión amplia, de largo alcance, de un país próspero, fuerte y feliz.