“Haz bien y con el mazo dando” La tía Lala enredando dichos.
Cada vez que encuentro a Tito Piedra pienso en cosas que no debiera escribir. Esta vez me habla de los Ministros. Quiere una columna satírica y mordaz. Dice:
—La época de los Ministros (con M mayúscula, por la dignidad del puesto y su ocupante) ha ido desapareciendo lentamente. Ahora son personajes diluidos, lo que en cine se llama “fade”. De ellos sólo quedan sus enormes mansiones y borrosos recuerdos de su paso.
Para consolarme añade:
—No sólo en Panamá, en el mundo entero.
—Sí –respondo–, y llegan a viejos bostezando en la impunidad.
—No hacen lo que deben. Atajar al Jefe con un «No seas cabezón, eso es una estupidez». Al menos Darth Vader estaba con las fuerzas del lado oscuro por convicción. Qué distinto los ministros y los hombres de la política. Algunos justifican sus súbitas fortunas con la suerte, y sus florecientes negocios. Por supuesto, nadie creería que ganaron el Gordito y dos veces la extraordinaria.
—De dónde salen los ministros? –pregunto.
—Los ministros son hombres escogidos entre los más afines y obedientes al presidente. Él debe estar seguro de que ninguno desafiará una de sus órdenes y mucho menos desaprobará medidas, por descabelladas que sean, en las que, además, ellos saldrán beneficiados. El mandamás no quiere réplicas ni oposición ni murmuraciones ni pañuelitos en la boca antes de votar.
—Son como una estela...
—Eso, una estela, espuma que se borra. Sus actuaciones son aburridas (para nosotros, para ellos provechosas). Hoy, más que nunca, se cumple la frase del general mexicano: «No hay quien resista un cañonazo de un millón de dólares». Frase que originó Dulles hace 50 años, pero funciona desde que las monedas eran dientes de cachalote. Los narcos, que son especialistas, comenzaron a utilizar cifras millonarias de dólares para bajar pantalones. Los gobiernos aprendieron. Mire usted como anda por ahí tanto político descarriado y sin pantalones.
Recuerdo a un segundo piloto que cuando visitábamos un burdel sentaba a la mujer sobre sus piernas y abriendo su cartera le preguntaba: «¿Dime si no soy un galán» Y ella invariablemente decía: «Eres bello... y estoy loca por ti». Y el de la repleta billetera era más feo que el marido de la cabra que servía de alivio al papá de Tieta de Agreste. ¿Por qué enredé tanto el asunto? Porque soy alumno de la tía Lala: “Mas vale ser cola de león que mascar sin comer”.