“No sé si es por el estrés diario, pero a veces, como un déjà vu, me parece ver renacido el etéreo esplín de la Europa decimonónica; a mi alrededor, tutilimundi parece un kamikaze encaminado en su ruta fatal; últimamente, para despejar esta escena de film noir que me acosa, me sumerjo en alguno de los nuevos delicatessen que han surgido en la ciudad y, mezclando memorias y sabores, sabores y memorias, vuelvo al kindergarten para intentar inaugurar otra vida”.
¿Complicadito el párrafo? En efecto, por razones didácticas, mezclé en un reducido espacio varios vocablos que, a pesar de su aspecto marciano, aparecen registrados en el diccionario, aunque con una observación que nos indica de inmediato su procedencia foránea.
Es natural que una lengua, o para ser más precisos: sus hablantes, creen nuevos vocablos o los tomen de otras fuentes si la necesidad así lo determina. Cuando la palabra que nos visita aún no ha sido aceptada por la comunidad de hablantes, y por esta causa merodea fuera del diccionario, se le conoce como “barbarismo” (“bárbaro” proviene de un término griego que significa eso: extranjero). Si el barbarismo obtiene carta de naturalización y se codea con las palabras nativas, en su forma original o adaptándose a la ortografía de acá, entonces pasa a ser un “extranjerismo”, aunque ya ni nos ocupemos en llamarlo así, debido a que puede andar a cualquier hora y en cualquier boca sin problemas.
La primera vez que leí la palabra “spleen” fue en el Primer Ciclo de Las Lajas, cuando me aprendía el poema “Reír llorando”, del mexicano Juan de Dios Peza (1852-1910) para un certamen de declamación: “Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra-/ el pueblo al aplaudirlo le decía:/ ‘Eres el más gracioso de la tierra,/ y más feliz…’ y el cómico reía./ Víctimas del spleen, los altos lores/ en sus noches más negras y pesadas,/ iban a ver al rey de los actores,/ y cambiaban su spleen en carcajadas…”
A ciertas palabras les pasa como a algunos políticos o faranduleros (¿o son lo mismo?) que en algunas épocas adquieren gran celebridad y luego caen en el olvido. El spleen (o esplín, la forma que tuvo que adoptar para que el diccionario la acogiera) tiene que ver con el bazo, pequeño pero importante órgano linfático encargado de varias funciones, al que en el pasado se le adjudicaba la responsabilidad por los estados de ánimo, es decir, por la segregación de humores (líquidos de un organismo vivo), lo que nos lleva a la palabra “humor” en su acepción más moderna (jovialidad). De paso: la extirpación del bazo se conoce, precisamente, como “esplenectomía”, ¿me sigue?
Así que, en el siglo XIX, padecer de spleen era, hasta cierto punto, algo elegante, de nobles, poetas, artistas; como hoy, cuando el concepto lo ocupa el estrés (stress), cuyos malestares parecen más llevaderos que los causados por una simple y pedestre tensión.
Los kamikazes (en japonés: “viento divino”) nos son familiares por la influencia del cine y sus recuentos sobre la II Guerra Mundial, cuando se bautizó así a los pilotos suicidas de la Armada Imperial Japonesa que fletaban sus aviones cazas con explosivos y luego los enrumbaban hacia los barcos enemigos, procurando hacer blanco en áreas sensibles. Su motivación, más que patriótica, era casi mística, pero hoy el término se aplica a actores parecidos, como los encargados de ejecutar acciones terroristas y, por extensión, a quienes arriesgan la vida con tal de alcanzar una meta.
Continuaremos revisando los otros extranjerismos la semana que viene. ¡Salud!
Que la palabra te acompañe.