Convincente y conmovedora, asombrosa y de anchas alas, vasta y definitiva, es la pintura que se ha producido en la isla mayor de las Antillas.
Por sus conquistas estéticas, expresa con jerarquía a la nación cubana; creación madura de su cultura y nítida plasmación de su identidad; inmaculada y plural, precisamente, por su multiplicidad de propuestas; avasalladora por su belleza y sus policromías; cálida como un mediodía del Caribe; deliberadamente raizal donde caben todos los colores; mítica como los tambores de sus ancestros africanos; siempre propositiva, siempre audaz, la pintura cubana es una de las más vigorosas e importantes del continente.
Cada uno de sus artistas, desde los albores de la plástica hasta los jóvenes de hoy, más allá de tendencias, escuelas y épocas, han aportado la pincelada clave, la huella y la firma de una pintura impregnada de cubanía.
Si algo enorgullece y distingue a la creación artística de Cuba, es poseer este infinito lienzo realizado por generaciones de pintores con extraordinario talento, pintado ante el océano que circunda la isla, ante su sal y su mar esmeralda, entre palmas y mogotes, en sus ciudades -como La Habana- una portentosa diosa que resiste vendales y cercos.
Sus artistas contemporáneos vienen realizando las piezas fundamentales de una plástica con personalidad, indudable aliento y determinación de ser perdurable. No son un movimiento artístico coyuntural, son una legión de artistas educados en una escuela centenaria y de poderosa acumulación de ingenio y recursos técnicos. Demasiados son para nombrarlos a todos, muchos buques insignias que, sin lugar a dudas, perdurarán en el registro más alto del arte latinoamericano.
Con sobrada y justa razón, Cuba puede vanagloriarse de sus espléndidos y extraordinarios pintores.