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Dulces libros (1)


Amediados de enero cayó en mis manos un recorte virtual del diario “El País”, fechado en Madrid en diciembre de 1983, bajo la firma de Francisco Grande Covián, con el título “Cerebro y músculo: dos modos diferentes de nutrirse”. Antes de continuar, permítanme señalar que en Francisco Grande Covián (1909-1995) encontramos a un respetado científico español de trascendencia global por sus estudios sobre la diabetes, en particular acerca de los procesos bioquímicos relacionados con tal padecimiento, aunque también se le cita bastante en cuanto al tema de las dietas, campo en el que realizó numerosos y muy importantes aportes.

En unos de los renglones del aludido recorte, leía las siguientes afirmaciones de Grande Covián: “El principal combustible utilizado por el cerebro en condiciones normales es la glucosa. El cerebro de un hombre adulto consume diariamente unos 120 gramos de glucosa”. Y luego: “Se sabe desde hace años que la actividad mental no […] eleva significativamente el consumo de oxígeno del cerebro. La solución de complejos problemas matemáticos, por ejemplo, no se acompaña de una elevación demostrable del consumo cerebral de oxígeno. La actividad mental, en consecuencia, parece ser un proceso sumamente económico en términos de energía”.

Ya por estas líneas yo iba pensando que no podemos acudir a la excusa de que estamos cansados luego de una tarde leyendo, o analizando problemas planteados en los libros, y mucho menos si en el ínterin estuvimos consumiendo algún jugo acompañado de las infaltables galletas, o bien una generosa rebanada de nuestro postre favorito. Y tampoco si tomamos en cuenta al citado científico cuando remacha:

 

“El gasto energético de la musculatura humana en reposo, según varios cálculos, incluyendo los míos, es del orden de un 20% a un 25% del metabolismo basal. Esto quiere decir que la musculatura, que en conjunto pesa unas 20 veces más que el cerebro, tiene unas demandas energéticas de mantenimiento comparables a las del cerebro”.

En otras palabras: ni por un lado (el del cerebro) ni por el otro (el del resto del cuerpo que, a propósito, no se conformaría solo con glucosa, dado que exige carbohidratos y grasas) podemos decir que leer cansa, o agota, o como se quiera decir; entonces, ¿por qué no es raro escuchar a alguien afirmar que está “cansado de leer”? Desde el punto de vista científico, eso es imposible.

Bien, en realidad la nutrición ni el gasto energético son los temas de esta columna, aunque el artículo del cual he mostrado los anteriores extractos es el que dispara la reflexión hacia la que me encamino, vinculada con una actividad a la que asistí el fin de semana pasado en San Francisco de la Montaña, en Veraguas.

 

Allí, con un muy buen tino, un número plural de promotores culturales y personas interesadas en el desarrollo comunitario han logrado compaginar dos elementos: los dulces artesanales y la apreciación artística (glucosa y cerebro, diría Grande Covián) para hacer del ya tradicional “Festival de postres”, con nueve años de celebrarse como tal, una convocatoria muy atractiva, al sumársele tres días de exposiciones artísticas, talleres de lectura, folclor, recitales de poesía, presentaciones musicales, pintura y más, todo ello dirigido tanto a adultos como a niños, que son los que, a fin de cuentas, gozan más en las dos vertientes del concurrido evento.

La próxima semana, Dios primero, invertiremos un poco más de la glucosa consumida en el festival san franciscano comentando otros aspectos pertinentes a la actividad, una más de las que en este verano nos convidan hacia esos maravillosos parajes interioranos.

Que la palabra te acompañe.


fecha edicion
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782017
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América