El tiempo no deja de sorprenderme. A veces me olvido de él y entonces, sin ira y sin reproche, con un jalón de orejas me dice: «¡Presente, aquí estoy!»
Como no logra espantarme con una nueva arruga en el rostro, ni con el campamento sin pelos que va agrandando en mi coronilla, el tiempo utiliza a mis nietas para llamarme la atención. Uno de los primeros toques de alerta con que me impresionó fue cuando mis niñas dejaron de tener miedo a la oscuridad y pudieron dormir solas. Vaya, se curaron mucho antes que yo de los rincones sombríos y de los vaporosos fantasmas. Lo mejor del cuento es que no tuve nada que ver en ese proceso.
El tiempo siguió su marcha y tomé notas cuando la mayor operaba con los quebrados y la menor sabía las tablas de multiplicar. Como me interesan y las quiero, el crecimiento físico e intelectual de ambas se convirtió en etapas de mi tiempo personal. Ellas crecen y saltan, yo envejezco y pienso.
En mi archivo de preocupaciones (que no llega al megabyte), anoto: un escalón antes de la pubertad y durante la pubertad misma, las niñas se confunden con un sentimiento que las desborda más allá de la familia y comienza a rozar a otras personas: el amor. Yo ??"los dioses no lo permitan??" no aventuro una explicación de lo que es eso. Manejo un contenedor de errores llamado experiencia que sólo me permite ser el ronco heraldo de una proclama que escapa del cerebro: "Ama a tu prójimo… si tu prójimo te ama". En otras palabras, prevengo a mis nietas contra los dolores del amor no correspondido. En vez de poner la otra mejilla, prefiero que canten el corrido: "Amor con amor se paga…". No veo con qué otra moneda se puede cobrar tal sentimiento.
El golpe más doloroso para una niña de corazón ingenuo es amar a quien no la ama. Punzadas feroces, innecesarias. Un desperdicio de sentimientos. ¡Diablos! ¿Se puede ser tan tonto para amar a quien no te ama? Pues sí. Entrénate para no. Tampoco se trata de odiar. Eso sería peor. El odio es más estúpido porque muerde y no traga, corroe. Lo ideal es el amor paseando por una dulce avenida de doble vía, sin intersecciones y poquísimas señales de tránsito, por ejemplo: "disminuya los celos", "Vía sin terminar, ¡no entre!"