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El ánima de las cosas

El universo es como es porque si fuera diferente no estaríamos aquí Hawking En el estudio de un escritor suceden vainas raras. Por ejemplo:


El universo es como es porque si fuera diferente no estaríamos aquí Hawking

En el estudio de un escritor suceden vainas raras.

Por ejemplo: terminar una novela que parecía inacabable. Dije lo indecible y descubrí a Perusín portándose como cualquiera. Qué le vamos a hacer. ¡Terminé y ese final no llegó con la sensación de triunfo y de alegría como me ha sucedido otras veces. La fatiga por todos los años que estuvo la novela en mi cabeza me ha robado parte del entusiasmo. Tal vez regresará cuando, pasados unos meses, me atreva a releer, una vez más, esta pila de páginas.

Una gota de tiempo se convierte en relato. Escribir es soñar despierto y los sueños son parte de la vida. El tiempo de los sueños es un tiempo imperial, comparado con los tres tiempos plebeyos, gramaticales, en que vive el hombre (pasado, presente y futuro). En el tiempo del sueño, que es el de la novela, se viaja en una dimensión invulnerable al implacable esmeril de la vida.

Todo es más cómodo en sueños. Viendo un programa de Wallander, un detective sueco cuyos casos no sólo son tan buenos, sino más modernos que los de Agatha, me quedé profundamente dormido. Soñé que subía despacito al estudio, sin linterna, sin café, sin agua. Descalzo. Estaba seguro de que a medianoche sorprendería a las cosas que tengo allí: fotos, libros, termómetro, brochas, comida de gato, lupas, Afrín, campanas, salvavidas, medallas, baygón, computadora, tornillos y gorras, moviéndose, con vida propia. Tendría que ser rápido y silencioso si las quería pillar en su rebelión anti-inmovilista. «No lo hagas», me advertí en mi propio sueño, puede ser letal la impresión. Pero lo hice. Abrí la puerta como un ladrón fino y brinqué dentro de la habitación gritando: «¡Ajá!»

Nada. Todo estaba intacto. Los libros y todo lo demás permanecían inertes, en sus puestos. Lo único, lo único fuera de lo normal, lo único que podría decir que estaba a un triz de ser un portento, fue el búho de piedra de jabón que me sirve de pisapapel, tenía la cabeza girada 180 grados, o sea, miraba pa'tras, a mí. Se me erizaron los brazos y me restregué los ojos. Cuando volví a verlo estaba con la cabeza normal. ¿Qué fue eso? Cálmate, me dije, sabes que los búhos pueden hacer eso. No hay por qué alarmarse. Tú créeme si quieres.


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954583
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América