A todos nos gusta tener tiempo y espacio libre para disponer de ellos a nuestro antojo y, en Panamá, sobran.
Entre noviembre y abril, es decir durante cinco meses, las interrupciones en la agenda habitual son constantes debido a que en ese periodo coinciden las celebraciones y conmemoraciones más significativas de nuestro peculiar calendario: Fiestas patrias, Día de la Madre, Navidad, Año Nuevo, 9 de enero, Carnavales, Semana Santa y cualquier otro que surja en el camino.
Hay quienes se han detenido a reparar el calendario lectivo comprobándose que los días efectivos de clases son mucho menos de los que el almanaque convencional muestra.
Es así, que en los últimos años se dispuso adelantar la fecha de inicio del año escolar con el propósito de que los estudiantes permanezcan más tiempo expuestos a la enseñanza formal y, por ende, haya un mejor aprovechamiento de los exorbitantes –y aparentemente necesarios- recursos de los que se ha dotado a la educación.
Aunque al principio hubo críticas por la novedad de comenzar las clases en febrero, todos nos hemos ido acostumbrando y aceptamos como buena la idea que forma parte de una amalgama de acciones que en algún momento nos llevarán a un punto óptimo y nos pondrán en el umbral del progreso que todos añoramos.
Pero en el camino uno se encuentra con vicios que hacen que la marcha se parezca a la de algunas procesiones en las que los caminantes dan varios pasos hacia adelante para después dar uno en retroceso.
Esa situación se puede percibir en semanas como esta, cuando muchos centros de enseñanza deciden reducir a su mínima expresión la duración de la misma y apenas atienden a los estudiantes a lo sumo dos días.
Situación parecida sucede en diciembre, cuando después de haber perdido buena parte de noviembre, las clases se reducen a la primera semana; ni siquiera llegan al 8 de diciembre.
Esta práctica es una mofa a la buena intención que hay en comenzar las clases un poco antes y el Meduca debe fiscalizar más a quienes incurren en esta mala práctica, porque si sumamos a ello los días sin agua, los de duelo nacional, los paros, los humos inesperados y demás situaciones fortuitas, quedamos viviendo la misma mentira, pero disfrazada de verdad.