¿Se acabó el arte del fútbol? Esa blasfemia se podría haber originado en los rincones donde jugar este deporte, mucho más que un esfuerzo desperdiciado, es un puro desencanto. Nunca por uno de los nuestros. El arte para el fútbol jamás es un adjetivo; es su esencia. La belleza intrínseca del movimiento y de la armonía constituyen los medios ideales de la cultura para la alegría y la creatividad.
¿Y quién en este mundo ofrece esas cualidades con tanta claridad? Pueblos históricamente aplastados por la colonización, que insiste en parecer viva; pueblos explotados y excluidos en su inmensa mayoría y que permanecen con la frente en alto y con la esperanza intocable.
Cuando cualquiera de nosotros se aproxima a alguna forma de expresión artística es cuando podemos percibir la sensibilidad que exhala de cada poro. ¿Cómo podemos explicar que por estos lares surgieran tantos genios sin que, en su mayoría, hayan tenido facilidad para el oficio? En tantas áreas desfilan un sinnúmero de figuras excepcionales que se destacan o destacaron por sus creaciones y capacidades.
En el fútbol no es diferente. Existe arte de buena y de mala calidad. Cuando escogemos a alguien para ser parte de un equipo que tiene como contenido filosófico la destrucción del juego no estamos percibiendo nada de negativo en esa actitud.
Lo que nos falta es capacidad para darnos cuenta de que esto es un espectáculo y debe ser tratado como tal. Cuando vemos el fútbol apenas como un negocio en el que se buscan resultados, estamos queriendo una danza sin luminosidad, un canto sin corazón, la interpretación sin técnica. Y solo lo hace de esta forma quien no conoce y respeta la belleza de cualquier expresión artística.
Quien no posee el don y la sensibilidad consume el arte de otro que sí lo cuida y valora.