Cómo se puede contabilizar el dolor y la gloria que hay en las grandes obras del ser humano? “En los anales de la Bolsa de Nueva York, ninguna empresa ha sido más productiva que la de Panama Raildroad Company. Sus acciones se cotizaron en cifras record (…) Sin embargo, quien se detenga a estudiar la epopeya que fue la construcción del ferrocarril a través del istmo de Panamá, comprenderá que más que la historia de una corporación, se trata de una historia de seres humanos…”. (1)
Y en el Caballo de Oro Juan David Morgan la narra magistralmente, funde en uno solo los hilos de la gloria y el dolor que implicó la construcción del primer puente de hierro construido en el continente, a través del Istmo de Panamá, y realiza una reconstrucción de hechos que, sin duda, ayuda a entender mejor a nuestro país y sus tempranas relaciones con Estados Unidos, no en el marco diplomático, político o militar, sino humano, en una especie de corrección a tiempo de relatos, que por una razón u otra, nos habrían podido llegar sesgados, dejando de lado unas cosas, e incorporando maliciosamente otras.
Novela de corte histórico, El Caballo de Oro posee la magia de un aliento largo, profundo, seductor, en el que su autor despliega como plataforma conductora, la tenacidad del hombre frente a la naturaleza, y la más elevada expresión de ese sentimiento que es el amor, encarnado en la vida del escritor y empresario John Lloyd Stephens y su esposa Elizabeth. Él, un caballero de la época que con William Aspinwall comparte el compromiso de un proyecto visionario que va perfilando la ruta de Panamá como la más conveniente a las relaciones comerciales; ella una dama de familia, que reclama más protagonismo que el que la época le otorga a la mujer, y que distingue y defiende con lealtad las manifestaciones del amor.
Correctamente estructurada, la obra va entregando dosificada una información que, pese al final inesperado, brinda en cada capítulo sensaciones completas. No es un cuento feliz de punta a punta, tampoco una tragedia sin fin; es como es la vida. Por eso es posible reír a carcajadas algunas veces, disgustarse otras o sentirse demolido cuando lo inesperado y doloroso copa los escenarios.
No es un cuento llano, es una novela cargada de imágenes y reflexiones, de escenografías cálidas, sobre los sueños y la persistencia de sus protagonistas, como cuando el Capitán del California, Cleveland Forbes realiza el primer viaje de su vapor a San Francisco. Al no poder hacer la parada obligatoria en Acapulco para reabastecerse de leña, Cleveland debe utilizar en las calderas toda la madera de la estructura interna de la nave, incluido sus mástiles, antes que naufragar en el camino. Morgan, apegado a la bitácora del navegante, presenta con tanta tenacidad el dolor y la vergüenza de Forbes cuando el California entra casi desnudo en la Bahía de San Francisco, que es como si en el vapor se encarnara toda la vergüenza, la humillación y la dignidad de su capitán.
Está constantemente en escena el choque cultural de constructores provenientes de una nación más avanzada, versus los nacionales de un país en surgimiento embrionario, como cuando los nativos recienten la aparición de lanchas de mejor tecnología que sus bongos rudimentarios. No era la modernización lo que les molestaba, sino la pérdida del mercado; ya no eran ellos los únicos que podían transportar pasajeros. Es un aporte que permite entender cómo va creciendo en lo más profundo de esa relación accidentada, entre panameños y norteamericanos, un drama que va a tener su expresión cumbre en el lamentable Incidente de la Tajada de Sandía. El conocido hecho no se limita a la negativa del aventurero Parker a pagar al pariteño Luna el real del pedazo de la fruta. Un año antes habían terminado los trabajos del ferrocarril y la mayoría de los siete mil trabajadores involucrados en su construcción vivían hacinados en lo que entonces se conocía como "La Ciénaga". Se deduce que eran villorrios situados al lado del río Curundú y parte de Calidonia, y la gente sobrevivía con puestos improvisados de venta de frutas y frituras. El real aquel de la sandía de Luna fue la gota que derramó el vaso, de unas relaciones marcadas por la contradicción entre la prosperidad que se desprendía del ferrocarril y que beneficiaba a unos, y la inmensa miseria que campeaba sobre esa mayoría de nacionales que poco o nada recibían de una obra construida a través del territorio que les pertenecía.
Descriptivo y sugerente a lo largo de la obra, al final de la novela Juan David descarga su golpe magistral. Ha estructurado y madurado la narración de tal manera que sabe que el lector está copado de una pasión irremediable, que no pierde de vista siquiera la respiración de Elizabeth; que a lo largo de las 448 páginas del libro ha aprendido a admirarla y a quererla, a entender el relato a través de su diario y de su percepción, de su alegría, de sus sueños y sus reflexiones, y como en una espiral de humo gris y denso, el escritor suelta el silencio y el suspenso, corta la descripción y deja que cada quien asuma su desesperación y viva la sorpresa y el dolor de la mejor manera.
Hay en la narración de Morgan mucho de revelador. Algo así como decirle a lector: "mira, esto fue así, no como lo cuentan algunos". Por ejemplo, cómo el empecinamiento de "Viejo Roble", uno de esos empresarios estadounidenses agresivos y tenaces, incidió directamente en la transformación de una isla pantanosa como Manzanillo, en la sede de lo que es hoy nuestra querida ciudad de Colón.
Más allá del qué, que de por sí posee, en El Caballo de Oro, un alto valor humano y literario, la novela tiene el mérito de poner en manos del lector una información valiosa sobre cómo se hicieron las cosas, y más en concreto, cómo ocurre y quiénes asisten anónimos a la primera obra de inversión capitalista, en un país que a mediados de los años cincuenta del Siglo XIX no había superado, pese a reconocidos esfuerzos y aportes, su condición de aldea.
La construcción de Panamá, ciertamente corresponde, por excelencia, a los panameños, pero ha sido una obra en la que han intervenido muchos factores. No hay nada lineal, y menos en un mundo donde las relaciones comerciales han actuado como puente de comunicación e integración.
Juan David Morgan, como Joaquín Beleño, Ramón H. Jurado o Gloria Guardia de Alfaro, aporta elementos claves para entendernos a nosotros mismos, un eslabón crucial que cada panameño debe conocer, porque nada de lo actual carece de raíces, y en ellas, además de nuestro esfuerzo, hubo otros, tan dignos y tan humanos, que merecen nuestro reconocimiento. Es esa una de las grandes conclusiones que se desprende de esta obra.
Obras como El Caballo de Oro ayudan a la salud histórica de la República, sería acertado incluirla en nuestra educación oficial como un texto de lectura obligatoria. Yo la recibí en diciembre del año pasado con un saludo de puño y letra de su autor, sin sospechar ni remotamente el tesoro que nos enviaba. ¡Muchas gracias Juan David!
Por lo tanto, respaldo un programa de trabajadores temporales que crearía una vía legal para que los trabajadores extranjeros ingresen a nuestro país de manera ordenada por un periodo limitado de tiempo. Este programa pondría a trabajadores extranjeros dispuestos (a trabajar) en contacto con empleadores estadounidenses dispuestos (a emplearlos) para los trabajos que los estadounidenses no están realizando. Se requeriría que cualquier trabajador que se presente al programa no tenga antecedentes penales. Y los trabajadores temporales deben regresar a su país de origen cuando concluya su estadía.
Un programa de trabajadores temporales atendería las necesidades de nuestra economía y daría a los inmigrantes honrados una manera de mantener a sus familias mientras respetan la ley. Un programa de trabajadores temporales reduciría el atractivo de los contrabandistas de personas y haría que sea menos probable que la gente arriesgue su vida para cruzar la frontera. Aliviaría la carga económica para los gobiernos estatales y municipales al reemplazar a los trabajadores ilegales con contribuyentes que cumplen con la ley. Y por encima de todo, un programa de trabajadores temporales contribuiría a nuestra seguridad al garantizar que sepamos quiénes están en nuestro país y por qué están aquí.
En tercer lugar, necesitamos hacer que los empleadores rindan cuentas por los trabajadores que contratan. Es ilegal contratar a alguien que está en el país ilegalmente. Sin embargo, a menudo, las empresas no pueden verificar la situación legal de sus empleados debido a un problema extenso de falsificación de documentos. Por lo tanto, la reforma inmigratoria integral debe incluir un sistema mejor para verificar los documentos y el cumplimiento de los requisitos para trabajar. Un aspecto clave de ese sistema sería una nueva tarjeta de identidad para cada trabajador extranjero legal. Esta tarjeta debe utilizar la tecnología biométrica, como las huellas digitales electrónicas, para evitar que se pueda modificar. Una tarjeta no modificable nos ayudaría a velar por el cumplimiento de la ley.. y dejaría a los empleadores sin excusa alguna para violarla. Y para comenzar, al hacer que sea más difícil que los inmigrantes ilegales encuentren trabajo en nuestro país, disuadiría a la gente de cruzar la frontera ilegalmente.
En cuarto lugar, debemos enfrentar la realidad de que millones de inmigrantes ilegales ya están aquí. No se les debe otorgar una vía automática a la ciudadanía. Esto es una amnistía, y me opongo a ella. La amnistía sería injusta para aquéllos que están aquí ilegalmente y fomentaría olas adicionales de inmigración ilegal.
Hay quienes argumentan en este país que la solución es deportar a cada inmigrante ilegal, y que cualquier propuesta que no logre esto representa una amnistía. No estoy de acuerdo. No es sensato ni realista detener a millones de personas, muchas con raíces profundas en Estados Unidos, y enviarlas al otro lado de la frontera. Hay un punto intermedio sensato entre otorgar una vía automática a la ciudadanía a cada inmigrante ilegal, y un programa de deportación masiva. El punto intermedio reconoce que existen diferencias entre un inmigrante ilegal que cruzó la frontera recientemente y alguien que ha trabajado aquí muchos años y tiene casa, familia y un pasado de otro modo limpio. Considero que los inmigrantes ilegales que tienen raíces en nuestro país y quieren permanecer aquí deberían pagar una multa significativa por violar la ley.. deben pagar impuestos.. aprender inglés.. y trabajar en un puesto varios años. Las personas que cumplen con estas condiciones deben tener la posibilidad de solicitar la ciudadanía, pero la aprobación no sería automática, y tendrían que esperar en fila detrás de aquéllos que cumplieron con las reglas y con la ley. Lo que acabo de describir no es una amnistía; es una manera de que aquéllos que han violado la ley paguen su deuda a la sociedad y demuestren el temple que hace a un buen ciudadano.
En quinto lugar, debemos honrar la gran tradición estadounidense del crisol de culturas, que hizo de nosotros una nación de muchos pueblos. El éxito de nuestro país depende de que ayudemos a los recién llegados a asimilarse a nuestra sociedad y adoptar nuestra identidad común como estadounidenses. Los estadounidenses estamos unidos por los ideales que compartimos, un aprecio por nuestra historia, respeto por nuestra bandera y la habilidad para hablar y escribir el idioma inglés. El inglés es la clave para aprovechar las oportunidades en Estados Unidos. El inglés les permite a los recién llegados pasar de trabajar en la cosecha a abrir una tienda.. de limpiar oficinas a administrar oficinas.. de una vida con bajos ingresos a un diploma, una carrera y una casa propia. Cuando los inmigrantes se asimilan y avanzan en nuestra sociedad, hacen realidad sus sueños.. ellos renuevan nuestro espíritu.. y contribuyen a la unidad de Estados Unidos.
Hoy, deseo hablarles directamente a los miembros de la Cámara de Representantes y el Senado: un proyecto de reforma de la inmigración necesita ser integral, porque se debe tomar en cuenta todos los elementos de este problema, o ninguno de ellos se resolverá del todo. La Cámara ha aprobado un proyecto de ley de inmigración. El Senado debe actuar para fines de este mes, de modo que podemos solucionar las diferencias entre los dos proyectos de ley, y el Congreso pueda aprobar un proyecto de ley integral que yo pueda firmar y promulgar.
Estados Unidos necesita llevar este debate de inmigración en un tono razonable y respetuoso. Los sentimientos calan hondo en este asunto, y mientras logramos una solución, todos debemos tener en mente ciertas cosas. No podemos construir un país unido incitando la cólera de la gente o jugando con los temores de nadie o explotando el tema de la inmigración para sacar ventajas políticas. Siempre debemos recordar que nuestros debates y decisiones afectarán vidas reales, y que todo ser humano tiene dignidad y valor sin importar lo que digan sus documentos de ciudadanía.
Sé que muchos de ustedes que me escuchan hoy tienen un padre o abuelo que vino de otro país con sueños de una vida mejor. Ustedes saben lo que la libertad significaba para ellos y saben que Estados Unidos es un país mejor gracias a su trabajo y sacrificio. Como Presidente, he tenido la oportunidad de conocer gente de diferentes orígenes, y escucho lo que Estados Unidos significa para ellos. En una visita al Hospital Naval de Bethesda, Laura y yo conocimos a un infante de Marina herido llamado Guadalupe Denogean. El sargento artillero maestro Denogean vino a Estados Unidos de México cuando era niño. Pasaba los veranos trabajando en la cosecha con su familia, y luego, tan pronto como pudo, se ofreció como voluntario para la Infantería de Marina de Estados Unidos. Durante la liberación de Iraq, el sargento artillero maestro Denogean fue herido de gravedad. Cuando le preguntaron si quería solicitar algo, pidió dos cosas: un ascenso para el cabo que ayudó a rescatarlo .. y la oportunidad de hacerse ciudadano estadounidense. Y cuando este valiente infante de Marina levantó su mano derecha para hacer el juramento que lo convertía en ciudadano de un país que había defendido por más de 26 años, fue un honor estar a su lado.
Siempre estaremos orgullosos de darles la bienvenida como compatriotas a personas como Guadalupe Denogean. Nuestros nuevos inmigrantes son lo que siempre han sido: gente dispuesta a arriesgar todo por el sueño de la libertad. Y Estados Unidos es lo que siempre ha sido: la gran esperanza en el horizonte, una puerta abierta al futuro.. una tierra prometida, llena de bendiciones. Honramos el patrimonio de todos los que vienen aquí, cualquiera sea su origen, porque confiamos en que el genio de nuestro país nos hará a todos estadounidenses: una nación bajo Dios.
Gracias y buenas noches.
El Caballo de Oro y la salud histórica de la República
Juan David Morgan, como Joaquín Beleño, Ramón H. Jurado o Gloria Guardia de Alfaro, aporta elementos claves para entendernos a nosotros mismos, un eslabón crucial que cada panameño debe conocer, porque nada de lo actual carece de raíces, y en ellas, además de nuestro esfuerzo, hubo otros, tan dignos y tan humanos, que merecen nuestro reconocimiento.