Los apostadores son muy dados a pedir sanciones cuando sienten que de alguna manera se han lesionado sus intereses, especialmente cuando se trata de un mal desempeño de parte de sus caballos favoritos o de un jinete que no haga lo suficiente para sacar lo mejor de su cabalgadura.
Pero vale la pena preguntarse, ¿quién pone en cintura a esos hípicos que entorpecen la buena marcha del negocio? ¿Existirá algún decálogo o habrá normas de etiqueta para comportarse en el ambiente de las carreras de caballos? La respuesta es no. Sin embargo, hay conductas que el sentido común y los cánones de la convivencia imponen.
El apostador que se precie como tal no debiera asistir a las reuniones hípicas sin las ineludibles tres “P”: plata, pluma y programa. Pero eso no es todo, una vez dentro del hipódromo o en las agencias de apuestas, el hípico debe tomar su decisión y elección de apuesta dentro de un tiempo razonable previo a la hora programada para la partida. Esperar hasta el último momento no es conveniente.
Además, cuando llegue ante el vendedor, deberá llevar en las manos al menos dos de las tres “P”, en este caso plata y programa y en este último la tercera “P” (pluma) ya debió haberse empleado para apuntar lo que se va a pedir. No es recomendable ni prudente esperar hasta que se esté en la ventanilla para pensar, trastear el programa oficial y después sacar torpemente la billetera a ver si se encuentran los reales para apostar.
Los apostadores también deben poner de su parte.
En otras oportunidades hemos señalado que no todas las que están detrás del mostrador son un dechado de virtudes, educación y amabilidad, pero debemos ser honestos en decir que también hay apostadores necios que en nada contribuyen a que la fiesta se lleve en paz.
Está bien que se esté en un ambiente de équidos, pero es no quiere decir que las cosas deban hacerse a la patada.