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El complot de cada día

La clave está en leer, ese es el centro de complot, el arma secreta, la bofetada certera al rostro de los que quieren que dejemos de pensar para que ellos nos piensen.


La realidad es una cosa muy seria, tanto, que Vladimir Nabokov entrecomillaba esa palabra. A veces lo hago yo también, imitando con gusto y por necesidad al escritor ruso. Porque la realidad, tan objetable y poco objetiva, se nos escapa de entre las manos como el agua sin que logremos comprenderla del todo.

Como ya les dije hace tiempo, mi querido Ricardo Piglia habla del complot en los términos que ustedes, mis cómplices, ya se saben: la realidad (el entrecomillado es de Nabokov) es un complot y la literatura es un complot contra ese complot. Y aquí está la clave del asunto, de nuestra relación con la escurridiza realidad.

 

¿Pueden las palabras de un libro cambiar al ser humano? La literatura, como expresión del sentir de la Humanidad debe buscar no solo la evasión sino también, y con más ahínco, la reflexión de los lectores. Sospecho siempre de los que leen para evadirse, para desconectar. Los libros que no conecten al lector con su realidad para animarles a cambiarla, no son buenos libros.

El lector perezoso, ese que busca emociones en contra de razones, de asideros, de dudas, es el que consume literatura fácil que le regala los oídos del alma con cantos de sirena. Mucha autoayuda, muchas historias superficiales que luego pretenden quedar como enseñanzas; gurús que te muestran el camino del éxito en lugar de llevarte a El corazón de las tinieblas, o vampiros que no son Drácula y sombras grises por trilogías que no serán jamás El amante que deseamos.

Si de verdad vamos a echar a andar el complot contra la realidad hay que empezar por leer buena literatura y dejar a un lado la pereza. Las novelas y cuentos facilones no producen más que un abotargamiento del músculo reflexivo. No quiere decir esto que la brevedad o un lenguaje sencillo sean peor que las enrevesadas técnicas de algunos escritores, pero no es menos cierto que, si no subimos un peldaño más en nuestra búsqueda, terminaremos detrás del primer flautista de Hamelín o de donde sea, que se acerque hasta nuestras costas.

 

Hay que levantarse cada día con ganas de plantarle batalla a la realidad, con ganas de comprendernos mejor y de comprender al otro y ponernos en sus zapatos. Por eso la Biblia, el libro de libros, dice que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Si no me cultivo, no tengo frutos para compartir. La literatura comienza y termina con un lector porque, quien escribe, también lee. Y el que lee mucho, casi siempre, termina teniendo una mejor relación con la realidad y el complot contra ella.

Hoy más que nunca tenemos que reivindicar la lectura como un complot contra una realidad muy cierta: la del olvido planificado, la que plantea la lectura como un pasatiempo de clase, como un capricho de gente con recursos. La lectura debe ser rescatada como un acto por el cual nos revelamos contra los que los entusiastas de la ignorancia y los maestros del pensamiento único. Leer es hoy más que nunca una necesidad, un deber y hasta un derecho.

Ricardo Piglia ha escrito un excelente libro que les quiero animar a leer: El último lector. Allí encontraran grandes desafíos, grandes autores, desde Kafka hasta Conrad, pasando por Raymond Chandler. Un lujo de lectura la del lector Piglia y un curso de interpretación literaria apasionante y aleccionador. Un nivel, una altura, retos a los que enfrentarse para elevar nuestras búsquedas literarias y crecer en criterio estético, algo que nos hace mucha falta en nuestro medio.

 

La clave está en leer, ese es el centro de complot, el arma secreta, la bofetada certera al rostro de los que quieren que dejemos de pensar para que ellos nos piensen. Pero no, aquí nos van a encontrar, con un libro en la mano y en la otra otro, por si acaso, por si no se dan cuenta que el complot ya está en marcha.


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947377
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América