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El curandero

“!Oh , raza firme como un árbol que no se agobia al huracán, que no se queja bajo el hacha y que se impone al pedregal!! aza que sufre su tormento sin que se le oiga lamentar” José Santos Chocano (1875 - 1934)


Guarda la hoja el secreto del sol. En sus venas corre la savia que cura una cosa y cura la otra. El que vive en la jungla lo sabe.

Hay quien clasifica y conoce el secreto que guardan cortezas, tallos, flores y raíces, tierras de sabana y de borde de río. Incluso, las hormigas y otros animales – vivos o muertos - que pueden salvar una vida o curar un dolor. Pero esa persona no es cualquier lugareño, el dedicado a esos menesteres suele ser el ungido del pueblo, el curandero.

Él respondió al llamado, volvió a causa de la epidemia. Habían caído muchos, retaron a la selva y ahora lloran a los muertos y le piden que detenga al implacable enemigo.

 

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He luchado. Los dioses saben que he luchado. Pero mueren, son muchos los que han exhalado su última palabra entre mis brazos. La naturaleza se venga de los que fueron a cambiarla. A enredar el paraíso. Me duele por los niños, ya no queda ninguno, y sus madres se mueren no de fiebre, sino de congoja. Para ellas, no tengo nada: no se cura con hierbas la tristeza.

 

Ya son demasiadas lunas en esta lucha. Yo mismo he tomado mis brebajes a escondidas, ¿cómo puede enfermar el escogido? ¿Acaso estamos condenados todos, o nuestra semilla poblará otra vez estos lugares, y se repetirá la historia de imprudencia e infortunio, en un ciclo que asemeja la danza eterna del sol y de la luna?

Mientras entierran lo que queda de esta tribu, se me acerca un viejo que ya casi vencido me reprocha: - Tú también caerás, ya perdimos el oasis, hoy he visto que lo trágico en la vida es el ineludible, el eterno cambio.

Miré sus ojos agotados y guardé silencio. Cómo puedo curar con los secretos de la selva, si es ella la que nos castiga. Usé todas las raíces que conozco, las hojas, emplastos, pociones y rezos extraviados desde el nacimiento del pueblo. Todo fue en vano. Siento cómo ríen las bestias carroñeras, sé que esperan impacientes en la espesura.

 

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A mí, el curandero de toda la vida, no me consultaron. Los vi iniciar la marcha, montar lo que quedaba de la población en piraguas y marchar río abajo, a los aserraderos y a las minas que siempre detestamos. Dicen que allá hay otro hechicero, no entiende que aquella magia terminará por absorbernos, si nos dejamos.

La selva murmura mi desgracia, lo siento en el chillido de los animales que habitan en los árboles y en el vuelo de las aves, ellos son los únicos que no mienten jamás.

La mayoría ha vuelto sana y me esquivan. Me iré en la noche, ojalá sea verdad que aquel sujeto está ungido, porque estoy muriendo.


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507544
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América