En Panamá existen disciplinas que tienen buen apoyo y aún existen otros deportes que aparentemente no lo tienen. Los apoyos debieran estar separados, entre el deporte profesional y el aficionado.
Percibo que el deporte profesional recibe más apoyo que el aficionado. Yo fui atleta aficionada durante 18 años, y mis padres vivieron la angustia de hacer muchos sacrificios para poder mantenerme en un alto nivel de preparación.
Aunque, por lo que leo en las noticias, veo que ahora el atleta cuenta con más respaldo que antes.
Considero que para lograr un desarrollo óptimo, el deporte debe ser una estrategia de Estado para que Panamá se distinga deportivamente a través del amateurismo como se distingue por artistas, que el deporte sea una de las actividades que distinga a nuestro país, porque en Panamá hay jóvenes con talento y con ganas, pero se van quedando cuando enfrentan las penurias de no tener con qué desarrollar su talento.
Tendrían que cambiar y crear nuevas leyes que fortalezcan esta estrategia, que haya incentivos fiscales para las empresas que apoyen al deporte organizado aficionado, que se tengan modernos coliseos con la tecnología adecuada, mantenimiento adecuado, leyes que regulen y fiscalicen a los dirigentes y organizaciones, que los atletas sepan que hacer deporte no es practicar solo algo que me gusta, es lo que quiero lograr con esto, y que persigan los sueños que cada uno tiene.
Con todo y el sacrificado esfuerzo de mis padres, hubo algunas cosas muy difíciles en mi carrera, la lejanía de mi familia, pero quizá la más difícil fue no alcanzar el desempeño esperado en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, en los que aspiraba a estar en la semifinal por mi excelente desempeño en Winnipeg (medalla de plata) y por el fuerte entrenamiento que estaba haciendo en Fort Lauderdale.
Algo impactó mi salud ese año y mi desempeño fue peor. A tres meses de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, me diagnosticaron tres úlceras estomacales, ocasionadas por el alto nivel de estrés que estaba tomando control de mí, acompañado de un desorden alimenticio que a veces es frecuente entre atletas de alto rendimiento.
Para mí, como atleta, fue difícil no mejorar mi mejor tiempo personal, además me impactó muchísimo y tuve que aceptar con humildad las críticas más duras sobre mi desempeño, porque cuando tienes un compromiso contigo y tu país, no deseas fallar, y cuando fallas, hay que aceptarlo y reconstruirlo para que no se repita nunca más.
De esa lección, retomé todo mi futuro e ingresé a la Universidad de Auburn, donde logré el tope de mi vida atlética y profesional.
Lección aprendida.
Yo fui atleta aficionada durante 18 años y mis padres vivieron la angustia de hacer muchos sacrificios para poder mantenerme en un alto nivel de preparación.
Cuento mi experiencia porque considero que el deporte no es el fin, sino un medio para alcanzar otras metas de superación ética, personal e intelectual, pero siempre actuando con humildad.
La humildad la visualizo como ser modestos y respetuosos, pues todos somos dignos de respeto, porque todos somos seres humanos, no importa dónde nos encontremos en nuestras vidas.