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El Derecho como base de la Justicia

Hasta el fin de su vida mantuvo sus ideales y sus principios y vivió al amparo de esos valores que impulsaron su honrado y rectilíneo periplo vital. Fue un hombre que pudo haber sido alumbrado por la lámpara de Diógenes".


Los hombres ilustres son puntos obligados de referencia en cualquier momento de la historia de una Nación. Cobran, sin embargo, una apreciable importancia cuando han estado vinculados a circunstancias y procesos que coyunturalmente llaman la atención de los asociados. Sobre todo si fue ejemplar la forma como desarrollaron sus vidas: con honestidad, firmeza, patriotismo y transparencia.
Por estos días han estado en el debate público, temas vinculados al ejercicio de la Justicia en Panamá. Enconada discusión si se considera que hasta cambios radicales se han pedido respecto a sus principales órganos. En medio de esa controversia, nuestro Director, Octavio Amat nos ha remitido un documento sobre uno de esos panameños contemporáneos.
Se trata de una Aproximación a la personalidad jurídica y humanista de Rafael González, un balance que hace, sobre la personalidad de este desaparecido jurista, el conocido abogado Nodier Jaramillo, actualmente Magistrado del Primer Tribunal Superior de Justicia.
Rafael González fue Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, y aun cuando una de las constantes de su vida fue la defensa de la soberanía y la independencia del país, algunas de sus actuaciones judiciales vinculadas, de una manera u otra, con este aspecto distaron de la pasión y el subjetivismo, tal cual lo demuestra su fallo respecto a las indemnizaciones reclamadas tras la invasión de Estados Unidos a Panamá en diciembre de 1989.
Sobre el tema Jaramillo subraya que: El breve paso de Rafael A. González por nuestra más alta institución de justicia resultó ser el de un cometa Halley, en el aciago período en que Panamá, abatida Ave Fénix, luchaba por resurgir de las cenizas a las que la habían reducido dos infamias castrenses: la corrupción de su casta militar y la invasión norteamericana que dio al traste con el gobierno impuesto por aquélla.
Tomada Panamá por las fuerzas estadounidenses, un sinnúmero de establecimientos fueron presa del asalto de un pueblo lacerado por el caos socioeconómico. Un número plural de demandas por daños se llevó a nuestra Corte Suprema: los comercios y otras entidades vandalizadas exigían indemnización a las aseguradoras. Emulo de Salomón, el Magistrado Ponente Rafael González determinó que las demandas no procedían por ser los casos producto de una circunstancia de guerra, rubro no contemplado por los contratos de seguro celebrados.
Las consideraciones de Jaramillo sobre González fueron presentadas hace algunas semanas
Durante el II Congreso Panameño de Derecho Procesal, realizado en David, Chiriquí. Allí subrayó la honestidad de González en el ejercicio de su profesión, pero también la transparencia en los actos cotidianos de su vida:
"Mientras servía en la Universidad y luego en la Corte,-recordó al citar un editorial de Panamá América- devolvió todos sus cheques de jubilación porque opinaba que un jubilado no debía cobrar a la vez una pensión y un sueldo. Su honestidad era tal que una vez, actuando en el decisivo papel de dirimente en un pleito millonario, advirtió que era pariente de una de las partes en contienda. Para sorpresa, la parte contraria dijo que no le importaba y lo mantuvo".
Dejemos que sea el propio Magistrado Nodier Jaramillo quien, en la Semblanza de esta semana, exponga los méritos de panameño ejemplar:
Antes de abordar al personaje que fuera en las letras, las leyes y la política el hombre que me privilegió con su dorada amistad, quiero celebrar públicamente la feliz iniciativa de los organizadores de este Congreso al fraguar el mismo a la luz focolar de la vida y la obra de Rafael Augusto González. Por supuesto, tengo que agradecer vivamente el honor conferido al designarse mi humilde persona para el alto cometido de presentar ante ustedes a aquél cuyos quilates no ha de manchar el olvido.
Por 1959 tuve la fortuna de conocer, entre juzgado y juzgado, al litigante estrella que ya era Rafael González, cuando yo, estudiante nocturno de Derecho, hacía en el día mis pininos como pasante. Ese contacto devino, con el transcurrir del tiempo, en una estrecha amistad que el corazón avivará por siempre.
Escenario ideal para consolidarla resultó el popular Café Coca Cola, en el histórico barrio de Santa Ana. Allí llegaba a pagarle peaje a la alegría de vivir, a la cofradía intelectual, una muchedumbre de variopintos personajes, algunos de los cuales consagrara la pluma del gran César Young Núñez en su exquisita crónica sobre locos excelsos de aquel tiempo y lugar. Allí, entonces, éramos ungidos por la habitual presencia del Maestro Benítez, pincel de goyescas sombras, y el fontanal ingenio del poeta Demetrio Korsi.
A fines de los "70 coincidí con Rafael en el ejercicio del Derecho del Trabajo, cuando yo laboraba en las inspiradoras Juntas de Conciliación y Decisión. Por esa época ambos nos integramos a la Asociación Americana de Juristas, en cuyo ámbito de actividades nos tocó asistir a diversos congresos internacionales. Con el paso de los años, bajo su tutelaje de hermano mayor procurado por la vida, fui aprendiendo de Rafael sobre ésta y nuestro oficio tanto y tanto que llegué a identificarme con él -y a admirarlo- en forma extraordinaria.
Rafael Augusto González nació en 1924, hijo de una sencilla y noble mujer que lo haría recitar interiormente aquel verso de Dante inspirado por una celestial Beatriz: "Tu magistra, tu duca, e tu signora". Esa humilde maestra chiricana que supo conducirlo a las alturas de la excelencia sería siempre su Reina.
Diplomado de Bachiller en Ciencias por nuestro glorioso Instituto Nacional, el joven Rafael ingresó en 1944 a la Universidad de Panamá, en cuya Facultad de Derecho recibió las iluminadoras cátedras de una pléyade de eruditos: José Dolores Moscote, Demófilo de Buen, Arturo Valencia Zea, Narciso Garay, José Isaac Fábrega…
Como lo había hecho en su época de estudiante de secundaria, el universitario Rafael militó en la Federación de Estudiantes de Panamá. Destacada fue su participación en el movimiento estudiantil que el 12 de diciembre de 1947 culminó con el rechazo del Tratado de Bases del Canal Filós-Hines.
En su Alma Mater, González pasó a integrar el Frente Patriótico de la Juventud, del progresista movimiento político del mismo nombre surgido en 1944, y que abanderaran figuras de la talla de un Doctor Jorge Illueca, ex Presidente de la República; un Doctor Carlos Iván Zúñiga, ex Rector de la Universidad de Panamá, y el célebre jurista Dr. Eloy Benedetti. A partir de la década del "60 Rafael González cerraría filas con el Partido del Pueblo.
Mientras seguía la ardua carrera de Derecho, fungió de Oficial Mayor en un Juzgado de Circuito y en el Tribunal Superior de Justicia. Egresado con el Primer Puesto de honor de su promoción, se integró al bufete Arias Fábrega y Fábrega, uno de los más prestigiosos del país. Los socios de éste, ponderando las brillantes ejecutorias y el amor por el estudio del joven litigante, le facilitaron la obtención de una Maestría en Derecho Marítimo, que culminó con honores, en la renombrada Universidad de Harvard.
Un cuarto de siglo fecundo dedicó Rafael González a la práctica del Derecho Civil en la firma forense que lo acogiera al inicio de su vida profesional. Por 1976 abre con sus colegas Antonio Osorio y Luis Adames un consultorio jurídico desde el cual brindará exclusivamente asesoría al Sindicato de Trabajadores de las Bananeras. Las luchas políticas de este gremio obrero se beneficiarían intensamente de las generosas luces aportadas por Rafael González.
De 1986 a 1991 se desempeñó como asesor legal de la Universidad de Panamá, en una época signada por la peor crisis que ha vivido la República, cuando se desmorona la cúpula militar -y, con ella, la economía y las instituciones del país- y sobreviene la invasión estadounidense, cuyo lastre moral y material permeará por años la vida de la erosionada nación.
Remecidos los cimientos de su propia Alma Mater, González publica en 1994 la monografía Universidad de Panamá e Independencia Nacional, lucida y lúcida defensa de la autonomía de nuestra más alta casa de estudios y de la soberanía, ultrajada ab initio, de la República de Panamá. En el epílogo de ese importante trabajo, el jurista panameño hace planteamientos en los que vibra con claridad de campana un sentir bolivariano y académico.
"La historia, con la fuerza absoluta de todas las consideraciones, nos identifica como Latinoamérica en conjunto (…) La lucha por la afirmación de la Independencia y la soberanía panameña implica la solidaridad latinoamericana. Es posible que, eventualmente, en los Estados Unidos y en otros centros de poder mundial se promueva una política más inspirada en la moral y en la justicia. El mayor grado de desarrollo de la humanidad tiende en esa dirección.
"La educación es frente primordial de todos los pueblos en la conquista de sus destinos. El desarrollo científico y técnico de Panamá está confiado en proporción importante a la Universidad de Panamá. También el sentimiento de nacionalidad (…) La Universidad de Panamá (…), como un todo, en tiempos difíciles dio ejemplo de trabajo sostenido y sembró confianza en el futuro".
En 1994 Rafael González fue designado Magistrado de la Corte Suprema de Justicia en la Sala de lo Civil para culminar el período del Doctor Carlos Lucas López, quien había renunciado al cargo que debía desempeñar hasta 1997.
El breve paso de Rafael A. González por nuestra más alta institución de justicia resultó ser el de un cometa Halley, en el aciago período en que Panamá, abatida Ave Fénix, luchaba por resurgir de las cenizas a las que la habían reducido dos infamias castrenses: la corrupción de su casta militar y la invasión norteamericana que dio al traste con el gobierno impuesto por aquélla.
Tomada Panamá por las fuerzas estadounidenses, un sinnúmero de establecimientos fueron presa del asalto de un pueblo lacerado por el caos socioeconómico. Un número plural de demandas por daños se llevó a nuestra Corte Suprema: los comercios y otras entidades vandalizadas exigían indemnización a las aseguradoras. Emulo de Salomón, el Magistrado Ponente Rafael González determinó que las demandas no procedían por ser los casos producto de una circunstancia de guerra, rubro no contemplado por los contratos de seguro celebrados.
Finalizado el período de reemplazo del Doctor López en la Corte desde 1997, González se dedicó a la práctica privada del Derecho hasta su muerte ocurrida el 7 de junio de 2001.
El hondo humanismo que hizo en Rafael González eclosión de un virtuoso del derecho civil, constitucional y procesal, y de la jurisprudencia, se decantó a lo largo de una larga vida en el goce y auspicio de múltiples manifestaciones artísticas y culturales.
Entre las numerosas proyecciones de su fino intelecto, hizo gala de una pluma prolífica, de prosa viril, diciente. Su legado de escritos, de una hondura, elegancia y austeridad plutarquianas, evoca el aforismo de Cervantes: "La pluma es la lengua del alma". Además del reverberante estudio sobre la crisis universitaria, nuestro procesalista acrisoló un prisma de ensayos y crónicas que albergarían las doctas páginas de la revista "Lex" y principales diarios nacionales que le dieron cabida primordial a su palabra escrita.
Soldado de las leyes y las letras, caballero medieval, hasta el fin de sus días blandió la espada del verbo justiciero. Así, ese postrer 7 de junio del 2001, el periódico El Panamá América recibió su inquieta misiva sobre la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, esa carta vería la luz cuando ya sus ojos se habían cerrado para siempre.
Entre las numerosas resoluciones de duelo publicadas tras el deceso del connotado jurista figura la de la Fundación para la Promoción de la Mujer, que resalta "su objetividad y firmes criterios en la defensa de la promulgación del Código de la Familia (que) nos sirvió de inspiración para crear el premio Hombre Solidario del Año, con el cual (lo) distinguimos…"
A la inesperada muerte del panameño necesario que fue Rafael A. González, conmovidas plumas glosaron el hecho en la prensa local. El catedrático de periodismo Hipólito Donoso exaltó de aquel hombre de leyes y de letras que:
"Como pensador, organizador y promotor de ideas progresistas (…) dedicó gran parte de su vida a promover el sentimiento de la nacionalidad panameña, el sentimiento más idealista con que hemos convivido. Para él, un país sin ideales no constituía una nación".
El abogado Miguel González dedicó al fallecido colega el encomio que sigue:
"Rafael González reivindicó la educación como el único medio por el cual el país podía mejorar su rumbo (…). Señalaba que el mundo tenía que ser nuestra preocupación; que no hay habitante del universo que no sea importante y por quien no haya que velar".
"Jurista metódico y riguroso, escudriñaba la ley en procura de que el derecho sirviera como base de justicia y para el desarrollo del país y del universo (…); para el bienestar de todos, no para unos cuantos".
"Se empinó sobre la mediocridad del hombre (…); oteaba el horizonte para que todos y cada uno de los mortales disfruten el derecho de vivir plenamente."
El 11 de junio de 2001 El Panamá América dedicó su editorial al panameño renacentista, quien fuera Rafael González, "cuyo corazón se detuvo caprichoso a sus 76 años de existencia plena". En esos párrafos que hacían fiel eco de un pesar nacional se supo de él que:
"Mientras servía en la Universidad y luego en la Corte, devolvió todos sus cheques de jubilación porque opinaba que un jubilado no debía cobrar a la vez una pensión y un sueldo. Su honestidad era tal que una vez, actuando en el decisivo papel de dirimente en un pleito millonario, advirtió que era pariente de una de las partes en contienda. Para sorpresa, la parte contraria dijo que no le importaba y lo mantuvo".
El poeta y cronista panameño César Young Núñez vino a ser el número cuatro para el trío que conformábamos los abogados Rafael González, Rodrigo Molina y quien les habla, unidos todos por lazos entrañables de afecto y por amores comunes: a la vida, a las letras, a las artes, a la justicia social… La súbita partida del amigo hizo trovar a Young Núñez:
"Tenía ese talante de hombre sin prisas, que refresca la visión de los conflictos (…) Había hecho de la sonrisa de la Gioconda un emblema cotidiano de su personalidad.
Hasta el fin de su vida mantuvo sus ideales y sus principios y vivió al amparo de esos valores que impulsaron su honrado y rectilíneo periplo vital. Fue un hombre que pudo haber sido alumbrado por la lámpara de Diógenes".
Con la clarividencia del poeta rimó Antonio Machado:
"Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo…"
En la fosa de ausencia de Rafael González hemos sembrado ubérrimos recuerdos: para la clara trilla del Derecho y la dura andadura de la vida.


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206673
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América