Leo el fallo de la sección Cuento del reciente Miró 2014, el desierto, fallo que, según las bases, tiene carácter definitivo e inapelable, lo cual no excluye su análisis aunque ya no sirva de nada. Pero antes, unas salvedades.
Primera, al participar en un premio literario hay que someterte a las bases publicadas.
Segunda, las bases del Miró deben ser modificadas integralmente. Desde el fallo a la cuantía, pasando por los ejemplares a imprimir (pésimas ediciones la mayoría) y terminando por la difusión, nula en este Premio tan Nacional, que aquí se queda.
Tercera, este fallo nada tiene que ver con extranjeros o nacionales o con una suerte de no entendimiento de la idiosincrasia o panameñidad de las obras. Si alguien, en este momento de la Literatura, piensa así, hay que recomendarle que lea más.
Cuarta, un premio como el Nacional de Literatura, no debe quedar desierto. No creo que un pequeño e ilustre jurado vaya a salvar a la Literatura de la mediocridad literaria. Pero por bases, están en su derecho y lo acato. Se publica a Cohelo, a Follet o a Zafón y nadie dice nada. Y muchos, incluso, dicen leerlos, lo cual es peor todavía. Pero allí queda mi juicio, tan objetivamente subjetivo como el de los lectores de los superventas. Y el de nuestro jurado.
Pero vayamos al fallo. Las cursivas resaltan las palabras exactas del fallo.
La decisión no ha sido fácil, cosa que nadie duda, la cuantía y relevancia del premio imprimen esa presión. Leídas, se asegura en el fallo, las 38 colecciones de cuentos (obvio, claro, espero), se dice que se eligen unas como finalistas. Bien. Y que de ellas se delibera. Se dice textualmente …y deliberar sobre aciertos y virtudes, nos hemos encontrado con piezas rescatables en varios de los libros y de indudable potencial literario. Después de este trabajo se concluye que, ninguno de los conjuntos reúne la calidad y el rigor necesario, bueno que se la va a hacer, y sigue, como exigen las bases. Bueno, las bases exigen cosas relativas a la forma de presentación (número de páginas, márgenes, plica) pero nada de la calidad y el rigor que, eso sí, se suponen a cualquier obra. En fin, había que argumentar el fallo.
Sobre para ganar el máximo galardón de las letras de un país con la tradición narrativa de Panamá, habría mucho que discutir y no tenemos espacio. He leído novelas, cuentos y poemas premiados con el Miró y es para echarse a llorar. Pero se respeta la decisión del jurado y punto: un mal libro lo tiene cualquiera. Pregúntenle a García Márquez, Vargas Llosa o al mismísimo Cortázar. Pero, que nadie dude que en Panamá tenemos tradición literaria y de la buena. La difusión es otra cosa, un asunto a resolver por los escritores y editores.
Al final, el fallo del jurado desea que los escritores panameños que se vayan a presentar en el futuro reflexionen sobre tres cosas: las exigencias del oficio literario, el cuidado del lenguaje y la coherencia compositiva que exige un conjunto de cuentos. Bien, así se hará. Pero, dos cosas: por un lado, no hace falta no premiar para hacer reflexionar. Aquí casi nadie reflexiona sobre la escritura ni su oficio. Son pocos los escritores que leen y menos aun los que se dejan asesorar. Pero las bases permiten no premiar. Lo segundo, que, al calor de lo que dice el jurado, la cuantía del desierto la dedique el INAC a la extensión, promoción y mejora de los talleres literarios a nivel nacional. Llámenme ingenuo, pero deberían asumir el reto. Y déjense de necedades de tiempos y rigores legales, no hace falta tanto debate para estas cosas: falta voluntad política.
Tenemos un premio viejo, poco dinámico, que se burla sin querer queriendo cada año, de los escritores. Hablen con Manuel Orestes Nieto o con Giovanna Benedetti, grandes escritores, que tienen que montar en cólera para que se editen de manera correcta sus libros.
¿Pero qué clase de ser despojado de toda ética y estética escoge a los encargados de estos menesteres? Miren, ya está bien de chulerías burlonas: hay que remediar esto. Si la actual directora del INAC no sabe o no puede y si los encargados de las publicaciones tampoco, que dimitan. Que se dediquen a otra cosa. Si quieren nombres para poner en marcha este Instituto que pregunten alrededor, seguro que hay mujeres y hombres de sobra capacitados para esta importantísima labor. No, no son sólo los quince mil dólares, es la literatura panameña, es la difusión, es el encuentro con los lectores ¿O tenemos el Premio que nos merecemos los escritores, mucha cifra, mucho billete y poco contenido? En vez de Miró, lo llamaremos Toma el dinero y corre y le pondremos la cara de Woody Allen.
Este desierto, por ley legitimado, tiene que terminar en la Tierra Prometida, siguiendo los esquemas bíblicos. Hacemos caso al fallo, pero con el dinero del desierto. Exijo una ley que posibilite esto. Exijo también que cambie el formato del premio. Publicaré en las semanas siguientes mi idea. Por lo pronto, que no se pueda declarar desierto. Me exijo, como escritor, más lectura y más trabajo. El que tiene oídos para oír, oiga.