¡Pobre diablo! Me di cuenta de cuánto han bajado sus acciones cuando mis nietas se rieron a carcajadas con los cuentos que les eché del Cachudo, Lucifer, Belcebú, Satanás y otros cuyos solos nombres me ponían la cholera de punta cuando yo tenía la edad de ellas.
¿Diablos? ¿Cómo las va a asustar un diablo de cuento, de comic, cuando hay tantos diablos sueltos, vivos, enmarcados y computadorizados? Diablos que visten a la moda, con saco y corbata o bluejeans y suéter. Diablos de carne y hueso, sin rabo ni cachos, pero más truculentos; diablos que no echan fuego por la boca sino humo de marihuana; diablos que no huelen a azufre, sino a colonias caras; diablos, rediablos.
Diablos de altos puestos a los que mujeres sin trabajo tienen que venderle no el alma sino el cuerpo por una chambita.
¿Te acuerdas de aquel dicho "más sabe el diablo por viejo que por diablo? Tira y falla. El diablo actual sabe por diablo, por la experiencia acumulada, por años de reelección. El hombre-diablo de hoy le da lecciones a los viejos diablos de antaño. Habemos viejos tontos por la calle que todavía creemos en pajaritos preñados.
Uno de mis diablos favoritos: "Barreminas", singular periodiquero y diablo mayor de los carnavales, era un diablo que hacía su cualquier platita arrastrando una cadena y sus hijos tocando latas: «dos rialeybailo… y sinonobailo». Mire usted lo que tenía que hacer un diablo para levantar un sencillo. Compárelo con los diablos sucios de hoy (mira que no dije diablicos sucios, que son los del interior, vistosos y bailarines), que ganan coimas y firman contratos. Nada que ver con el Mefistófeles de Goethe, elegante y relamido buscador de almas inteligentes para tentarlas con el dulce más dulce: la vuelta a la juventud. Ni punto de contacto con el humanísimo diablo, amigo de Papini, que lloró cuando Giovanni fue quien lo tentó invitándolo a destruir la obra del Señor: el mundo.
Y qué me dices de aquel diablo, cocobolo y con dientes de oro que mató a Elpidio García de un susto un viernes Santo cuando alargó el brazo unos tres metros para servirle de una botella de seco el último de sus tragos?
Me asustan los otros diablos, los que alargan el brazo, pero no para servir tragos, sino para meter la mano donde no deben.