Lo único verdadero que uno tiene asegurado es la muerte, por lo que “bástale a cada día su propio afán” bíblico resulta una invitación no tanto a la inmediatez como a la entrega al prójimo o mejor, a la “prójima”. Sé que en este tema he sido recurrente, pero creo que por ahí es el camino de la felicidad. A la adusta señora realmente es a la que pertenecemos y ella en su infinita sabiduría nos deja serle recíproca. La Parca lo sabe, aunque uno juegue a que no. Cuando dices mi vida, hablas de algo intangible, minado de trampas y de asedios, algo que se te puede quitar en santiamén.
Cuando te mueres eres envuelto en una mortaja de virtudes, vas libre de maledicencias, hasta los adversarios se tornan nobles al seleccionar epítetos: el gato con sus cuatro patas solamente. Tampoco vale salirse por la tangente, si el “ido” no se puede defender. Hay que tener mucho coraje o inquina o ninguna vergüenza para hablar mal de un difunto. Eso no es de ahí. Aun cuando algunos se lo merezcan. La hoja de vida del difunto a veces es hija de pútridas acciones y de doradas píldoras. No se deje engañar tan fácilmente por la grandilocuencia de los oradores fúnebres. Si el muerto, en vida fue un hijo de Pandora, ya para qué… Igual ocurrirá si aquel le tocó ser un pan de Dios. Aunque, bien se sabe, que no tener vicios no añade nada a la virtud.
Por eso lo que tenga de reclamo contra adversario, enemigo, traidor vendepatria o tirano se hace de frente, en voz alta y en vida del demandado. La única herramienta: la razón, el razonamiento, el pensamiento constructor de ideas. Ya lo expuso Marti: “Trinchera de ideas valen más que trinchera e piedras”.
A lo que llamamos patria es un sentimiento sitiado por algunos forajidos libidinosos que se sirven de los favores de Clío. Somos ciudadanos de una circunstancia, no de un país, pues todos los caminos son ajenos, todos los territorios han sido ocupados por indígenas, precaristas, inmobiliarias y el espacio donde van a marchitarse nuestro restos, (cementerio, jardín de paz… campo santo) también tienen dueño.
Nadie es testigo de su sepelio. Pero algunos se aseguran de contar con banderas y ceremonias. Miro y digo: aunque a la mona la vistan de seda…