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El estado de gracia de la ficción

A medida que va surgiendo la obra mediante frases que irremediablemente portan ciertos significados, se van dando una serie de modulaciones que acumulan información y, a su vez la sintetizan.


Decía Mallarmé que todo existe para convertirse en libro. Exageraba, claro. Pero los escritores sabemos bien que ese díctum del célebre poeta francés no estaba tan lejos de la verdad; o al menos de la certeza que no pocas veces tenemos los hacedores de mundos de ficción, en el sentido de que cualquier cosa que alimenta la realidad y es percibida de cierta manera por el creador, es susceptible de transformarse en literatura sabiendo manejar adecuadamente los ingredientes que, estando en el inicio en la experiencia humana, pueden llegar a poblar también, a su manera, la obra literaria. Pero hacerlo a la manera de la obra misma, se entiende; que no es más que una mezcla imprevisible de la voluntad de estilo del autor y de la necesidad del hecho narrado de convertirse en una genuina realidad estética, con vida propia; autónoma y autosuficiente. Para ello, sin duda, es menester que el escritor posea una fina intuición cercana a la capacidad de ósmosis que tienen algunas plantas, así como una mentalidad forjadora de ese tipo peculiar de filosofía que al interpretar produce enlaces múltiples propios y derivaciones sin fin a manera de respuestas; y, por supuesto, un fino y aguerrido oficio literario que más que artificio aprendido en batallas ajenas sea una permanente manifestación de honda sabiduría. No de otra forma procede y se articula, en su esencia, el proceso creativo.

A medida que va surgiendo la obra mediante frases que irremediablemente portan ciertos significados, se van dando una serie de modulaciones que acumulan información y, a su vez la sintetizan. En un cuento, éste sería el proceder de las secuencias que, una tras otra, van armando una historia. Una historia en la que, lógicamente, pasan cosas. Cosas que sin duda tienen consecuencias y cuyos componentes anecdóticos ejercidos por ceñidos personajes habrán de desembocar en algún momento en un conflicto que, a su vez, desate, más temprano que tarde, un desenlace. En la novela, en cambio, si bien los ingredientes suelen ser similares a los que componen el cuento, los procedimientos son, literalmente, otro cantar. Porque cada suceso exige ser ampliado, dotado de un desarrollo ??"que en teoría puede ser infinito--, lo cual propicia una multiplicación de temas, situaciones, personajes, atmósferas y a menudo técnicas narrativas, que brotan del tronco como ramas en expansión henchidas del gozo de la vida. El afán de síntesis que le es consubstancial al cuento es urgencia de crecimiento y variedad a todos los niveles en la novela. Ambos géneros narrativos cuentan historias, pero la pluralidad que al cuento le es negada por voluntad propia de su naturaleza íntima de caracol, nace prendida a cada célula de la novela porque son muchas sus raíces, como diversos serán también sus vuelos.

Quien crea ficciones ingresa a un mundo no de copias o calcos, no de fotografías estáticas, sino de movimiento perpetuo y mutaciones. Y, paradójicamente, se trata de un mundo que no ocupaba antes un espacio ni un tiempo, ya que las palabras que lo nutren son generadas por el escritor imbuido de una suerte de estado de gracia que habrá de sostenerlo mientras dure su avatar artístico. Así, tanto el cuento como la novela, cuando se han concluido, se añaden al mundo completándolo, imprimiéndole nuevas aristas, nuevos valores, una manera de ser parte de la realidad real que antes no existía. Por tanto, cada nueva obra que nace de las manos de un autor moldeada por el barro de sus palabras convertidas no sólo en plasma semántico nutricio sino en una tipo de vida virtual que el lector absorbe como materia prima reconstituida hasta convertirse en una auténtica experiencia vital, es una contribución que hace el escritor al enriquecimiento de la experiencia humana total: la sensibilidad y la imaginación se expanden ampliando sus horizontes; el conocimiento crece; la inteligencia se consolida; el placer intelectual logra un nuevo nicho en donde invernar indefinidamente. Y esto suele ser cierto cuando la obra está bien lograda, con independencia de los temas abordados y de que se comparta o no determinada ideosincracia, ideología o actitud estética de su creador, pues el arte, cuando realmente lo es, posee una cualidad didáctica encubierta, una sutilísima necesidad de asimilación que no discrimina a sus receptores.

 

Pero, por supuesto, el gran dilema, planteado durante siglos por los estudiosos, es cuándo una obra ??"literaria o de otra índole-- puede en verdad considerarse arte. Este tema no sólo es harina de otro costal, sino que no tiene respuesta concluyente, ya que depende en buena medida de la forma en que la percibe y asimila el receptor, de su formación y sensibilidad, de sus propias vivencias pasadas y presentes, y de su específica actitud frente a cada obra. Por tanto, enfrentarse a la lectura de un cuento o de una novela (para no hablar aquí de otros géneros literarios o artísticos en general), implica un acto de fe, una entrega, que sorprendentemente no es muy diferente a la entrega que, imbuido en un estado de gracia intelectivo al momento de crear, toma posesión del escritor y lo va guiando por los meandros e intersticios de la experiencia humana a través de la imaginación, dejándose permear por la aventura, abierto a absolutamente todo, hasta que poco o mucho tiempo después (dependiendo de si se trata de un cuento o de una novela) siente ??"presiente??"que su labor ha concluido.

Si pulir el texto es una tarea de resistencia, que debe ser meticulosa y vasta, y que es preferible que ocurra cierto tiempo después de que se han calmado las aguas de la creación; si la autocrítica debe ser lo más objetiva y férrea posible, sin concesiones, buscando sólo la perfección de la obra, la ausencia de fisuras conceptuales o formales, y si en rigor habría que tratar de hacer este trabajo casi como si se tratara de una obra ajena, con ojos fríos, sabios, la verdad es que idealmente algo semejante espera el creador consecuente de un lector atento, ideal: al principio, dejarse llevar por la emoción y el intelecto mientras va leyendo en estado casi virginal, en una especie también de estado de gracia; pero en un segundo momento ??"ojala en una segunda lectura??" ser mucho más exigente, puntilloso, crítico, para así al final sin prejuicios poner en la balanza sus gustos y las propuestas del autor, y como si tuviera que darse a sí mismo un fallo o dictamen, en última instancia proceder en consecuencia con la formulación de sus juicios de valor. Panamá, 8 de diciembre de 2008

*Este ensayo espontáneo y muy reciente acaso debió formar parte de mi libro Por obra y gracia (2008); si lo hubiera escrito antes seguramente así hubiera sido, y tal vez lo hubiera colocado como epílogo de ese libro. Pero las cosas se escriben cuando se escriben, y no cuando pudieron haber sido escritos (Nota del autor).

 

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327561
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América