Era el retorno al primer día de clases. Estábamos en el patio, bañándonos desnudos, mi hermanita La Flaquita y yo; todavía no habíamos descubierto, a esa edad, el árbol de las manzanas prohibidas. La Flaquita apenas iba a iniciar su primer grado; yo comenzaba el segundo.
Mi hermanita descubrió, sobre el marco de la ventana del cuarto, el objeto causante de la trifulca. Sin embargo, como era mi costumbre el hacerle bronca, se lo arrebaté de la mano, sin darle tiempo a examinarlo siquiera. Levanté mi brazo y ella no pudo recuperarlo. Enseguida empezó a gritar. Para mi suerte, mi tía se ocupaba preparando el desayuno en la cocina, si no me hubiese quitado el juguete, pues ella solía decir:
—Los hermanos mayores deben complacer a los más pequeños. ¡Y más si es una niña!
Siempre, en caso de litigio, concluía quitándome el juguete, aunque se tratase de uno mío, sólo por evitar el berrinche que solía armar La Flaquita. Por supuesto, injustamente, la mayoría de las veces y, convirtiéndome en la burla de mi hermana. Creo que mi tía era así porque, aunque llevaba varios años de casada, y ella y mi tío eran mucho más jóvenes que mis padres, nunca había tenido hijos.
Afortunadamente, La Flaquita, al no recibir apoyo de mi tía, dejó de gritar y volvió a lo de enjabonar su esqueletito.
Lo primero que se me ocurrió fue llenarlo de agua. Después de enjuagarlo, me entretuve por varios minutos en la tarea de inflarlo y desinflarlo una y otra vez. A medida que se expandía se tornaba más brillante y casi transparente; descuidé la guardia y, sorpresivamente, La Flaquita, en un acto premeditado, lo hizo explotar con una rama seca.
Esta vez la trifulca fue interrumpida por el ultimátum de la tía, que desde la cocina gritó:
—Dejen de discutir, terminen ya de bañarse, y entren a vestirse para que no lleguen tarde a clases.
Con el tiempo, los juegos, pleitos y berrinches de mi hermanita fueron superados. La Flaquita, incluso, había dejado de ser la escuálida silueta a la que todos los niños de la escuela, cada vez que se asomaba al pasillo, le gritaban a coro: “carabela, carabela”.
Con la llegada de la secundaria, mis padres nos llevaron a vivir al distrito cabecera; la infancia quedó atrapada en aquel fantástico pueblito de calles empedradas, y su pequeña escuela de sólo dos salones.
Entrar a la escuela nueva fue como entrar a un laberinto con cientos de estudiantes corriendo por todos los pisos; una gigantesca colonia de hormigas en azul y blanco.
Fue allí donde una tarde, mientras resolvía una de esas difíciles operaciones con letras y números, descubrí por simple y espontánea asociación, que mi hermanita y yo fuimos los responsables de cambiar positivamente el destino de mis tíos.
El primer indicio de este descubrimiento, teóricamente hablando, me lo dio la consejera de primer año. Sólo que nunca había relacionado las consecuencias exactas de lo que causamos esa distante mañana. Me da todavía un poco de vergüenza lo que hice, pero aún así me siento orgulloso cada vez que veo a Lenín, mi primo, pues yo ayudé a que él viniera al mundo, y después de él, a mis otros cuatro primos. ¿Cómo llegué a esta conclusión? Observen con cuidado: Resulta que la ingenua de mi tía dio a luz a Lenín, exactamente una semana después de que terminaron las clases. ¿Qué con eso? ¡Hagan cálculos! ¡Analicen! El globo lo rompió La Flaquita el primer día de clases, y mi primo nació una semana después que terminaron; es decir, nueve meses después, el tiempo exacto que demora un embarazo.
Cuando la profesora de ciencias nos habló de la reproducción humana, me di cuenta de la tontería que había hecho aquella mañana, pero también de la magnitud del milagro al provocar que La Flaquita lo rompiera, convirtiéndonos accidentalmente, en cigüeños de mis primos.
Mientras abochornado recordaba lo grande y brillante que se inflaba el globo, la profesora insistió en aclarar:
—Recuerden, no se llaman sombreros, capuchas, ni mucho menos globos, sino preservativos. Y nos obligó a repetirlo varias veces: ¡PRESERVATIVOS!