Con el sentimiento de un panameño a flor de piel, aseguro que el lanzador Mariano Rivera no ha terminado de escribir con letras doradas su historia en las Grandes Ligas.
El panameño sufrió este percance para hacerse más fuerte y demostrarse así mismo que aún le queda mucho para poner sus números a un nivel que ningún pelotero, en muchos años, lo puedan superar.
Rivera, un panameño nacido el 29 de noviembre de 1969 en Puerto Caimito, La Chorrera, puso en vilo a muchos fanáticos del béisbol, más allá de la camiseta, el sentimiento de pesar fue corriendo a una velocidad enorme. De pronto las redes sociales dejaban a un lado todos los escándalos políticos y temas vacíos para informar que “Mo” Rivera sufrió una lesión que puede enviarlo al baúl de los recuerdos.
Los héroes nunca mueren. Mariano Rivera es un héroe que no se puede ir por la puerta trasera de un estadio, montado en un carrito de mantenimiento. Me niego a pensar que este ejemplo de superación y de atleta consagrado deje a muchos con el sabor amargo de una despedida fortuita como esta.
Si la vida y el béisbol son justos deben tenerle un mejor momento para que este hombre se retire. Un lanzador que ha batido todas las adversidades y se ha puesto en un sitial, en donde muchos miran hacia arriba, para poder saber de quién se habla.
Mariano Rivera, un hombre de fe, un personaje que por sus venas corre nitrógeno líquido, no puede acabar así. Esto se puede confirmar con lo posteado ayer por el pelotero, en que se aferra a su fe, como aquel náufrago que abraza una tabla para no morir en altamar. Este no será el final de una carrera brillante.