Había sido un invierno muy duro y Enrique lo estaba sufriendo. Todos estos días de octubre se había levantado temprano para sacar las sábanas mojadas de la cama, ponerlas en lista de espera al secador y vestir su aposento con otras.
—¿Cuándo acabará esta temporada?
No sólo era lo incómodo de dormir mojado hasta el hueso, o el gasto en gas del secador glotón que le había obligado a recortar sus otros pequeños lujos. Era ese mal humor que lo acompañaba y encima esos tintes que su piel tomaba en los momentos más inesperados.
Hoy, como todos los días, hizo su tarea de limpieza en la cama, se llevó el colchón al balcón, en espera de que el sol lo secara y fue al baño donde se frotó jabón. Esperó un poco, este por sí mismo hizo espuma, quedándole como única tarea, secarse con la toalla.
Bañado y vestido únicamente con traje de baño y chanclas de hule, procedió a bajar al pequeño local que tenía alquilado en la planta baja de su edificio. Pasó el plumero donde estaban el viejo sofá, la mesa y las tres sillas de plástico, la pequeña sala de estar donde los clientes esperaban su turno para dejar o recibir sus zapatos. Finalizó su limpieza barriendo el polvo que se acumulaba en el fondo de su taller, donde estaba su silla, sus herramientas y los zapatos listos o en proceso. Ahora si, sin el rastro del polvo, el olor a cuero y cola fluian libremente. Con un gran suspiro Enrique se aprestó a dar los toques finales: Se puso los guantes, la bata de toalla que lo ayudaba a mantenerse seco; se sentó y puso al lado el trapeador y con el primer zapato en sus manos se encontraba listo para empezar un nuevo día.
—Señor Enrique, mire esos zapatos— el primer cliente reclamaba:
—¿Qué tienen?
—Se le cayeron los tacones.
—–Déjelos ahí que para el viernes estarán listos.
El martilleo se dejaba sentir. Sólo se interrumpía en el almuerzo, también cuando cambiaba de bata o las veces que trapeaba el piso.
— ¿Cuándo llegará la noche, cuándo llegará?— se preguntaba Enrique.
Entrada la tarde, cuando el candado regresaba a la puerta del local, el sol aplacaba su ego y dejaba el escenario para las lunas y las estrellas. El brillo tímido de ellas no solo adornaba el cielo, sino que secaba su piel, ya no eran necesarios los guantes y la bata que quedaban tiradas a un lado del balcón. Armado solo con el pecho desnudo y su traje de baño, se exponía a los astros de la noche.
La luz de ellos entonces iba directo a su corazón provocando su estallido. No como una de esas explosiones bélicas y estruendosas, más bien como si se desarrollara en cámara rápida una flor, desde que fuera un capullo hasta culminar con todos sus pétalos abiertos.
En ese momento, él sentía el cielo y el horizonte. Le ponía nombre a los colores que creaban sus sentidos. Las palabras flotaban en el aire, se volvían densas, hacían figuras sólo conocidas por la boca del que las pronunciaba. Las estrellas entonces, cansadas de brillar en el mismo lugar, bajaban de lo alto y se posaban en su cuerpo.
¿Y dónde estaba su lugar entonces? —Tal vez en el cielo— pensaba Enrique.
—Ven Hombre Nube —le decían las estrellas —sube con nosotras, donde perteneces.
Y él, embelesado, seguía el rastro lumínico que ellas dejaban para guiarlo. Sus pies comenzaban a elevarse, como si en su cuerpo, el peso dejara su nombre. Pero cuando la cabeza tocaba el techo y contaba 5 pisos antes de ver el suelo, el vértigo aparecía. Su cerebro, preso de angustia y raciocinio soltó lazos de acero y amarró sus piernas.
Ya era de madrugada, las estrellas, frustradas al ver que no tendrían nuevo acompañante subieron a su lugar antes que las sorprendiera el sol, tal vez la noche siguiente lograrían convencerlo.
Enrique, al ver que la noche se acababa, volvió a su cuarto mientras se ponía los guantes y la bata de baño, entraba como era ya su costumbre el colchón y se acostaba con el ánimo arrebatado y la tormenta en su interior gestándose de nuevo.
Tratando de olvidar, en sus dos horas de sueño, que más tarde odiaría el día, que esperaría con ansías a que el sol bajara otra vez.
Pero, quizás mañana el colchón no entre al cuarto y puede que la bata sin dueño por fin se quede ¿Podrá el Hombre Nube no escuchar a su mente?