Esta historia es única en su clase, es la vida de Daniel Figueroa, quien vive a un costado de donde duerme el caballo Northener, en uno de los establos del Hipódromo Presidente Remón.
Pero no todo acaba ahí, Figueroa comparte también sus alegrías y tristezas junto a una de las personas más especiales de su vida, su esposa Aracelys Graciano.
Inicios.
Desde 1980 Figueroa se dedica a mozo de corral (cuidador de caballos). Sus primeros pasos los dio con Alberto Paz Rodríguez.
"Fue un amigo el que me trajo una vez al hipódromo y solo bastó ese día para darme cuenta de lo importante que son los animales para mí y en especial los caballos", dijo Figueroa.
A pesar que Daniel en primera instancia se dedicaba a la carnicería, tomó una decisión con el apoyo de sus seres queridos.
Dos años más tarde, pudo conocer a la familia Arango brindándole su servicio y práctica en el cuidado de los caballos y fue así como nació su historia.
"Cuando llegue a donde el señor Raúl Arango, él me dio la oportunidad de estar al cuidado de tres caballos y desde allí me he mantenido con esta familia por 16 años, con una buena experiencia y enseñanza a lo largo de todos estos años", expresó el protagonista de nuestra historia.
Con Northener.
Pasaron más de 14 años para que los frutos de amor y dedicación a un animal se vieran reflejados, pues la familia Arango decidió traer al caballo Northener, de Argentina, y lo puso al cuidado de Figueroa de cara al Clásico Presidente Remón del 2007.
"Cuando me dijeron que iba a cuidar a Northener, me sentí feliz. Pero no todo fue felicidad, porque las esperanzas de ganar el Clásico se desvanecieron cuando el caballo se enfermó por el cambio de clima y se tuvieron que tomar decisiones para el beneficio del animal", señaló.
"Ya me habían hecho una pequeña vivienda para estar más pendiente de los caballos. Al estar tan cerca de él, los cuidados iban a ser día y noche, ya que estuvo mal durante varios meses y hasta a punto de morir", indicó.
"Fueron cuatro meses de recuperación y dedicación total para Northener y los frutos se vieron cuando volvió nuevamente a la pista y ganó ocho carreras, incluyendo cinco clásicos y se convirtió en uno de los favoritos de los panameños", acotó.
La dedicación.
"Cuidar a un caballo no es tan fácil como se ve o se dice. Es una responsabilidad que uno adquiere, ya que ellos no se valen por sí solos, y son como los niños, uno los tiene que bañar, alimentarlo, tenerle paciencia, ponerle sus vendas y luego sacarlo a la pista para que ejercite sus músculos, entre otras cosas", sostuvo Figueroa.
"Lo considero como mi hijo, el consentido, no solo de la familia Arango, sino de la mía", expresó emocionado.
"Todas los días, Northener tiene su hora de comer y hacer sus rutinas, es un equipo que está pendiente de que no le falte nada y siga su ritmo de vida saludable", agregó.
Su vida.
Para Daniel y Aracelys, cuidar por más de 16 años los caballos de la familia Arango es una satisfacción que los ha compenetrado como pareja en algo que los apasiona.
"No tenemos hijos y es por eso que nuestra atención y dedicación van para ellos, que al igual que los niños, necesitan de amor y comprensión".
"Me gusta tanto este trabajo, que no lo cambiaría por nada del mundo. Si llegado el momento y Northener se fuera o nos dejaría, yo seguiría aquí junto a la familia, la cual me siento muy agradecida por todos los años que he trabajado para ellos hasta que Dios me lo permita", finalizó.