Durante toda mi vida como lector debí estar equivocado sobre Mario Vargas Llosa. Lo digo porque mientras muchos a mi alrededor lo aplaudían, levitaban leyendo sus libros, y le brillaban los ojos con cada nueva obra, yo nunca pude digerir sus novelas con facilidad. Tengo algunas por ahí sin terminar.
No es que fuera laberíntico ni espeso. Tampoco trivial. Vargas Llosa es un escritor de oficio, no lo dudo. Pero hay un no sé qué en sus tramas, en la carpintería de sus obras y sus personajes, que me repulsa.
El lector dirá “¿Y este quién se cree para menospreciar nada más y nada menos que al nuevo premio nobel? No soy nadie, lo sé; pero tengo este espacio a mi disposición, y lo uso sin rubor.
Vargas Llosa, a mi juicio, intentó siempre levantar campamento entre Borges y García Márquez. Porque no podía ser ni una cosa ni otra. Ni visceral ni erudito. Y se convirtió en ese producto mercadotécnico, prolífico eso sí, capaz de atraer la atención de todos. Pero puedo estar equivocado. Tal vez el tipo es grande de verdad. Si no, ¿Por qué otra razón le darían un premio nobel de literatura?