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El infierno son los Redskins


Las tragedias griegas perduran porque nos enseñan que vale la pena vivir la vida, a pesar de la angustia y el sufrimiento que marcan gran parte de nuestra existencia. Eso me ha ayudado a comprender, e incluso simpatizar, con los Washington Redskins en esta aciaga temporada.

Hasta ahora.

Volveré a los Redskins, y cómo destruyeron, en un momento, el marco de referencia histórico de un optimista empedernido, sólo en 10 segundos, la semana pasada. Primero, algo de contexto:

 

Inicié mi vida periodística como columnista de deportes antes de emigrar a cubrir la política mundial y del exterior. Ese “continuum” estaba claro: ¿Dónde, si no, uno puede juzgar tan cáusticamente quién es un héroe (con trágicas imperfecciones) y quién es simplemente un vago? ¿O anotar las carreras, sencillos y errores de la política, el juego más difícil de todos?

Cubrir los deportes o la política es escribir sobre el carácter humano cuando enfrenta extremos de ambición y estrés. También ocurre lo mismo con las finanzas y la economía, después de la Gran Crisis de 2008. Ahora comprendemos el carácter de los que administraban Citigroup, Goldman Sachs y AIG mejor de lo que nunca pensamos que fuera necesario.

Así es como debería ser. Es la música, no la letra, de la clasificación del quarterback, lo que cuenta. El aura o la sensación que irradian y dejan en uno Fidel Castro, Saddam Hussein, Nelson Mandela, Francois Mitterrand o Bill Clinton —la esencia de su carácter— es lo que perdura mucho después de que sus respuestas, generalmente preparadas, se hayan desvanecido de los recortes de periódicos y de la memoria.

 

Además, me crié en un Sur norteamericano que se iba desegregando lentamente y aprendí que se puede conducir a la gente a un cambio positivo. El destino y la geografía me inculcaron el optimismo histórico como filosofía de vida, lo cual es enormemente útil para un aficionado a los Redskins.

Hasta el lunes por la noche, consideré esta temporada de los Redskins (4-10) como shakesperiana o quizás griega. Estaba seguro de que esta tragedia contendría lecciones de vida para todos nosotros. Que iluminaría la descripción de Joseph Conrad del “hombre, indómito por su entrenamiento en resistir la tristeza y el dolor”, o hasta la predicción del Premio Nobel de 1949 de William Faulkner, de que “el hombre no sólo perdurará sino que prevalecerá”.

Ahora sé cómo se siente Bad Blake cuando toca el fondo más turbulento en “Crazy Heart”, el desgarrante film de Jeff Bridges sobre un cantante country alcohólico. Con un partido que tuvo la fuerza de una intervención familiar, los Redskins me han convencido de que mi vida debe cambiar. Necesito ir a una rehabilitación de fútbol.

 

Sucedió cuando ese equipo trató de llevar a cabo una estratagema que explotó en sus rostros. Para mí, ese momento —que deben ver para creer o comprender— indica, por lo menos, tanto sobre la condición humana, en esta sombría década, como las tortuosas deliberaciones del Senado sobre la reforma del seguro de salud o las negociaciones para el desarme nuclear.

Cuando los Redskins cambiaron casi toda su línea ofensiva a la izquierda de la cancha y dejaron a su quarterback en el medio, desnudo de toda protección y lógica, para lanzar la bola desesperadamente al cielo, mientras un ejército de Giants de Nueva York convergía para lanzarlo frenéticamente por tierra, Shakespeare y Esquilo salieron volando por la ventana. En un instante, todo era Franz Kafka y William Burroughs, el absurdo y la crueldad de la vida, el callejón sin salida de Sartre, a quien se lo podía oír murmurando en su tumba, que el infierno son los Redskins.

“Sí, el pase definitivamente pareció lanzado por una cucaracha gigante”, Joel K. Estes de Rock Hill, Carolina del Sur (un inveterado aficionado a los deportes y mi hermano) respondió cuando le mencioné la analogía de Kafka. Encontró la jugada en You Tube tras escuchar cuando se la describía como “la jugada más fea de la historia del fútbol”. Mr. Estes no objetó.

 

Así que discúlpenme por no escribir esta semana sobre la conferencia climática de Copenhague, que tal vez haya sido un éxito, fracasando tan a fondo como lo hicieron los Redskins. Los líderes serios pueden ahora eliminar la exagerada y cínica comercialización “verde” y la atroz autopromoción, que dominan la respuesta a esta seria amenaza de la estabilidad global. Podemos ver, con mayor claridad, los peligros de fraude financiero y de daño al medio ambiente que presenta un sistema global de límite-e-intercambio, y dirigirnos, en cambio, a un régimen de impuestos al carbono.

Pero ya estoy otra vez —predicando optimismo histórico cuando los Redskins me han advertido que debo cambiar. Dígame, doctor: ¿Tengo cura?


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América