Lo conocí en Zona Libre. Le decíamos Changui. Yo tenía un carrito viejo con el cual nos íbamos los fines de semana al lago, al rompeolas o a cualquier sitio donde se pudiera pescar. Era más amigo de mi auto que mío.
Aquella noche buscamos a Jairo, metimos en el cayuco algunas cosas, lo arrastramos al agua y nos fuimos por el estuario de Pilón. Viramos hacia la orilla derecha buscando el trasmallo que había colocado Jairo la noche anterior.
No se veía ni una estrella. Jairo dijo: «Changui, dame el flaslay» y se fue a la proa alumbrando hasta que encontró la punta de la red. Él y Changui empezaron a recogerlo mientras yo hacía contrapeso en el lado opuesto. Los peces iban cayendo dentro.
El cayuco se inclinó peligrosamente y Jairo dijo: «Suave, Changui. Parece que hay un tronco enredado allá abajo». Lo que fuera subía lentamente y los tres estábamos impacientes tratando de ver qué era aquello. Cuando asomó el bulto a la superficie se oyó un fuerte resoplido y un golpe seco. Jairo alumbró con la linterna y dijo: «¡Pero si es un lagarto!». Era tan grande y se movía tanto que yo pensé que iba a voltearnos y les grité: «¡Vámonos de aquí antes que nos viremos!». Jairo sostenía al animal con la red mientras Changui le desenredaba las patas y el hocico. A medida que se liberaba iba aumentando los coletazos y las tarascadas hasta que Changui dio un grito y dijo: «¡Jairo, pégale duro, que me mordió muy feo!». A Jairo, en su afán por buscar el canalete, se le cayó al agua la linterna y yo no quería moverme del borde opuesto, donde hacía contrapeso para mantener el equilibrio. Changui volvió a gritar: «¡Agárrenme, por favor, que me está jalando!». Empecé a tirar de él con todas mis fuerzas mientras Jairo golpeaba la cabeza del cocodrilo hasta que logró que lo soltara.
No se veía nada. Changui cayó sobre mis pies diciendo: «¡Vámonos rápido, que me desangro!». Mientras Jairo volvía a tirar al mar la parte del trasmallo que habían recogido, por mi pierna derecha empezó a chorrear un líquido caliente y pegajoso. De tanto golpear, Jairo había partido uno de los canaletes y yo, con el que quedaba, empecé a remar hacia el pueblo.
Jairo trató de hacer un torniquete, pero la sangre seguía saliendo. Yo remaba con desesperación. Jairo también remaba con las manos. Entre el chapoteo del agua se oía un murmullo. Entonces me di cuenta de que Changui estaba rezando. Cuando llegamos Changui ya no rezaba ni se quejaba: estaba inconsciente. Salimos disparados con él hacia la policlínica de Sabanitas. Los huesos del antebrazo estaban triturados y unidos al codo por un par de tendones. Por suerte yo tengo el mismo grupo sanguíneo que él, pero necesitó más sangre. No sé cómo lograron salvarlo.
La gente empezó a llamarlo El Mocho de Cativá. Cada día estaba más huraño y retraído y andaba por ahí borracho.
En octubre de cada año se ponía una túnica morada y caminaba descalzo los cuarenta kilómetros que hay desde Cativá hasta Portobelo, cargando una enorme cruz de madera que un vecino le amarraba a la espalda porque no podía agarrarla con una sola mano. Después adquirió práctica y ya no necesitaba amarrarla. No dejó nunca de cumplir la manda que hizo aquella noche terrible en que el Nazareno lo salvó de morir desangrado.
El Mocho ya estaba muy afectado por la cirrosis y la mala vida y se ve que este año no aguantó la caminata. En el noticiero matutino de una emisora local dijeron: «Ayer encontraron cerca de Buenaventura el cadáver de un peregrino. Se llamaba José Ángel Santizo».