PARA ELLOS cualquier "cancha" es buena. Una vereda, un callejón, un solar abandondo, la azotea de un edificio, la playa, en fin, todos son espacios buenos para que el fútbol cobre vida.
Allí no hay medidas reglamentarias y los balones pueden ser de plástico, de caucho, de cuero o, sencillamente, de cartón. La meta la pueden constituir dos rocas, un par de tanques de basura o dos galones de pintura. Lo importante es jugar y para eso los Ronaldos y Zidanes del barrio lo desafían todo; ellos sólo quieren mostrar al mundo que saben manejar la pelota.
¿Árbitros?. No hacen falta. En esas birrias todos son árbitros y cuando la mayoría dice que hubo una falta, hay que entregar el balón al equipo contrario o "poner la bola en punto" para que el juego siga fluyendo.
Cuando de cobrar un penal se trata, el asunto se torna más pintoresco. Un jugador cualquiera, -no importa si calza 8 ó 10-, él cuenta once pasos desde la meta hasta donde estime justo. Después le toca el turno al líder del equipo para que apunte y fusile al portero.
Aquí casi nunca se expulsa a un jugador, porque esto dejaría a uno de los equipos con un hombre menos y en este campeonato nadie quiere ventajas.
En esta liga tampoco hay categorías; las diferencias no existen. Un equipo puede estar integrado por "futbolistas", cuyas edades van desde los 8 años hasta el infinito: lo importante es saber mover el balón.
En este mundial los jugadores son de lo más sencillo. No usan tacos. A algunos se le ve con zapatillas o chancletas, aunque la mayoría prefiere jugar con los pies desnudos porque así es más sabroso.
De uniformes, ni hablar. Entre esta gente no hay colores ni marcas de fabricantes transnacionales. Cada cual se pone lo que tenga a mano y si durante el juego la camiseta molesta, entonces hay que quitársela y punto.
Son jugadores polivalentes: juegan todas las posiciones. A la hora atacar todos "suben" y cuando de defenderse de trata todos "bajan". Es que ellos son libres, no pertenecen a nadie. Ningún equipo los ha fichado, así que mañana pueden jugar para el equipo contra el que jugaron ayer; nadie lo abucheará.
Mientras juegan no hay cámaras de televisión que los persigan y los espectadores generalmente son gente como ellos que espera su turno para saltar al terreno de juego.
Y mientras esperan, algún voluntario controla el tiempo con su reloj de muñeca para avisarles que su tiempo ya pasó. Nunca hay reposición, porque eso implicaría una demora que los vienen retando no resistirían.
Así transcurre este campeonato, donde no hay equipos eliminados, ni hay campeones.
Sus protagonistas saben que tienen una cita al día siguiente a cualquier hora y en cualquier lugar, porque así es el mundial del barrio.