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El observador


Alejo se deleitaba viendo jugar a los niños en el deteriorado parque del barrio. Conocía, como si fuera parte del grupo, cada uno de sus integrantes. Ese día, la puesta del sol trajo consigo un nuevo miembro. Escuchó que lo llamaban Rey.

La madre de Reynaldo era una adolescente cuando quedó embarazada y sus padres querían evitar que la criatura naciera, pues temían a los comentarios que causaría la deshonra. La muchacha tomó cuanta cosa le dieron, sin imaginarse que las consecuencias las cargaría su hijo toda la vida.

La hora del nacimiento llegó y los abuelos del chico esperaban con ansiedad su sentencia. Y en efecto, Rey tenía deformaciones en el rostro y en uno de sus brazos. La familia sintió vergüenza y el niño permaneció en total anonimato durante mucho tiempo.

 

Desde el nacimiento de Rey, su madre procuraba mantenerlo en un cuarto para que el contacto con sus abuelos fuera casi nulo, puesto que la presencia del chiquillo los incomodaba.

Una ventana del cuarto se convirtió en cómplice de aquel enclaustrado chico. A través de ella miraba un grupo de chiquillos que jugaban en el parque cada tarde. Desde la primera vez que los observó lo animó la idea de ser uno de ellos.

Un día, seducido por esa idea, Rey se escapó de la casa y desde ese día se convirtió en parte del grupo que tanto había soñado. Pero algo en Rey no estaba bien, y Alejo, que los observaba jugar cada día, lo había percibido. Aunque la aceptación de los niños del parque fue total y sus compañeros de juegos se olvidaban de sus limitaciones, había momentos en los que Rey mostraba cierta hostilidad hacia sus pares. A pesar de eso, la felicidad de Reycito, como su madre lo llamaba, saltaba a la vista.

 

Pasaron varios veranos y mientras Rey disfrutaba de los juegos y de la compañía de sus amigos, el viejo Alejo revivía sus travesuras de infancia, pero al mismo tiempo le entristecía pensar en la llegada de la adolescencia para aquellos chicos, pues presentía que esta le arrebataría el mejor de sus entretenimientos.

Efectivamente, la adolescencia llegó y para Rey fue doblemente traumático. Por esta época se enteró de los pormenores de su nacimiento y comprendió entonces porqué sus abuelos lo trataban con desprecio y porqué él siempre tuvo ese afán de aceptación, que después de conocer su verdad se fue convirtiendo en rencor por todo aquello que lo rodeaba. La vida de Rey se iba derrumbando cada día. Se unió a una de las pandillas del barrio.

Alejo miraba con tristeza cómo con los nuevos compinches distribuían y consumían drogas sin inhibición alguna ante la vista de todos. La tranquilidad comenzó a desaparecer del barrio.

 

Aquel día risas desenfrenadas, gritos y varios disparos rompieron la aparente tranquilidad que imperaba en el lugar, luego el silencio reinó en el área. La noticia de que Alejo había muerto recorrió el barrio. Yacía en el portal de su casa. Nunca pensó terminar de esa manera. Menos que su verdugo fuera uno de los chiquillos que muchas veces observó jugar en el parque. Rey, enloquecido y confundido por las drogas desahogó toda la ira reprimida que durante muchos años había llevado por dentro como resultado del rechazo que sintió por su familia desde antes de su nacimiento. El error del viejo fue observar desde su portal. El arrepentimiento nunca llegó, Reynaldo Agüero se había iniciado, ya había cometido su primer crimen.


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436128
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América