En las postrimerías del otoño del 2005, Ozzie Guillén fue cargado en hombros por todo Chicago, después de guiar a los Medias Blancas a blandir el trofeo de la Serie Mundial, tras 88 años de sufrir “La maldición de las medias negras”. Ha sido, sin duda, el momento más importante de la carrera de este expelotero venezolano.
Seis años y medio después, ahora como timonel de los Marlins de La Florida, Ozzie se topa en la entrada del estadio con un hombre que porta un cartel, en el cual se lee: “No apologies. Fire Him Now” (No a la apología. Bótenlo). El sujeto en cuestión, se llama Jay Hernández; es un fanático, pero no del béisbol, probablemente nunca antes fue al estadio, ya que la poca asistencia de gente de la “pequeña Habana” al “Marlins Ballpark” es un karma que persigue a la franquicia desde su aparición, en 1993.
Jay es parte de una multitud de fanáticos anticastristas que se ofendieron por unas declaraciones de Ozzie en las que dijo que sentía admiración por la capacidad de subsistir de Fidel Castro.
Los Marlins, en una movida más inclinada al mercadeo y a la complacencia, suspendieron al mánager por cinco partidos y después debió disculparse: "Espero que este sea el mayor error de mi vida. Si no aprendo de esto, a mis 47 años, aceptaré que me llamen idiota".
Granma, el diario de la dictadura de los Castro, reaccionó diciendo que: "Su arrepentimiento bajo coacción y el ultraje a su dignidad marcaron un récord, ante el odio visceral de la mafia de Miami", y añadió que: "El odio no perdona".
Independientemente de lo que pensemos de ese régimen geriátrico, quienes estamos convencidos de que los hombres nacemos libres, que la vida nos forma el carácter, que no somos autómatas ni títeres, no podemos ver bien que una persona sea sojuzgada y que su estabilidad dependa de las pasiones de un grupo de fanáticos que exigen libertad pisoteando la de otros. Es cierto, el odio no perdona y también es cierto que el fanatismo hace que cierta gente que uno cree racional, parezca demente.