E ra casi medianoche. El televisor alumbraba con sutiles cambios de colores las paredes de madera de la pequeña sala en casa de Tía Toya, en Boquete. Un chorreteal de primos calentaban cuerpo y anécdotas con café y chocolate. No importaba la hora, las vacaciones de verano estaban terminando y se tenía que aprovechar todo el tiempo. Sobre todo los que en un par de días volveríamos al húmedo calor de Colón o David. Además, había que celebrar la reapertura de aquella vieja casa, cerrada durante tantos años.
Inevitablemente, y propiciado quizá por la hora y por el humo que se alzaba de las tazas, surgieron los cuentos de espanto. Pepe fue quien comenzó. Sin avisar apagó el televisor. Después de unos cuantos gemidos de susto, un frío silencio se apoderó del ambiente por un instante que pareció un siglo. La casa quedó casi a oscuras. Sólo el foco de un pasillo frente a la sala, y que conducía al cuarto e arriba, la cocina y el gran patio trasero, colaba su luz por las medias paredes de la casa.
"Shhh, Shhhhh", calmó Pepe algunos reproches de tías y primos. Una vez cautivada la atención de todos, arrancó con la historia del pela’o que en un baile en la Feria conoció a una chica; bailó con ella toda la noche y hasta la dejó en su casa. Al día siguiente fue a visitarla y se enteró por boca de su padre que ella estaba muerta. Algo incrédulo, acompañó al señor hasta la tumba de su hija, y "Meto, allí estaba un abrigo que él le había prestado la noche anterior".
Aunque ya varios nos sabíamos ese cuento, a todos se nos erizaron los vellos cuando un tac, tac, tac, tac descendió por las escaleras que llevaban al cuarto superior. Esa habitación estaba desocupada por el mal estado del piso. Todos decíamos, en broma y serio, que en ella dormía un fantasma porque de allí, en las noches, se escapaban extraños ruidos. Sin embargo, para apaciguar el miedo culpábamos al viento, teoría que ganaba terreno porque nunca aquel probable fantasma merodeaba en otra habitación, ni nunca se había atrevido a bajar, ni había pisado tan fuerte como esa noche. El grito de Tía Toya y el crujir de una taza contra el piso rasgaron el fantasmal silencio en que nos sumergimos todos... "Allí estáaaaaaaa"...
Una amorfa sombra acompañaba cada tac, tac, tac... Estábamos a punto de conocer al fantasma del piso de arriba y de eximir de culpas al viento.