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El que siembra su maíz...

“Trátese de vida o muerte, nosotros sólo ansiamos la realidad” H.D. Thoreau


Ahí está él, como el palo mayor de ese navío llamado Cuba. Erguido, soberbio, tal vez un poco decrépito, por fuera nada más, por dentro es un diamante. Ídolo en mi juventud, hoy expulsado de mi devocionario, Fidel Castro, representa exactamente lo que no quiero para mi país: un iluminado, repleto de poesía rebelde sin belleza literaria, un dictador férreo que sólo ofrece ‘Patria o muerte”.

Me asombran muchas cosas de Fidel: Su barba de viruta metálica, su ojillos de titanio; sus palabras retumbantes, hipnóticas por repetitivas; la obsesiva seguridad en sí, terrible globo de vanidad que no le permite aceptar otras opiniones. No puedo, de ninguna manera, aceptar que ama a su patria. Nadie que ame a su patria la quiere destruir. Si no fue real su querencia de destruir a Cuba, también sabemos que no le hubiese importado, con tal de mantener su hechizo de hombre desafiante. No olvido el peligro que corrieron de extinción total cuando Estados Unidos, espantado por la proximidad de armas atómicas, estaba decidido a tomar la iniciativa en una estúpida guerra atómica. ¿Sabemos lo que se dijeron Kennedy y Nikita, o Nikita y Fidel? No, al menos yo no. Pero es obvio que, para sus adentros, Fidel mentó madre y requete llamó maricón al Premier ruso cuando aceptó el desmantelamiento de sus bases de cohetes.

«Así no me quieras», gemía Cuba.

 

Todavía en 1971, cuando fuimos a Cuba a buscar los barcos Johnny Express y el Laila, de bandera panameña que fueron capturados por contrabando de armas en la isla y Fidel regaló a Panamá, pude ver en “el único territorio libre de América” resultados magníficos de los primeros diez años de revolución. La educación (en una visita a una escuela le pedí a un niño que pintara su nombre en la pared y me dijo: «No, compañero, no seré yo quien ensucie mi escuela») y la salud accesible hasta para el más olvidado de los cubanos. Todo eso sin mencionar los brillantes triunfos deportivos.

Pero las pifias fueron muchas y de costo exagerado. De las cruentas revoluciones que intentó sembrar en centroamérica sólo una cuajó, la de Nicaragua. Miren ustedes quién quedó y cómo. Tales intentos finalizaron cuando la URSS se desmoronó y no hubo más ayuda a Cuba.

¿Y el poderoso partido cuando muera Fidel? Quizá lo que pregonaba Matamoros: “la gallina, cuando muere el gallo, a cualquier pollo se arrima”.

 

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659010
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América