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El regreso a las aulas

En mi casa la educación siempre fue lo primero... Recuerdo rogar por unas botas nuevas, pero para comprar libros nunca se me regateó nada. El jolgorio acabó. Estamos en tiempo de reflexión y recogimiento y ahora llega el momento de los libros escolares.


Mónica Miguel Franco (Antropóploga y actriz) / Antropóploga y actriz

Se acabó lo que se daba. Terminaron los largos días de los estudiantes sin nada que hacer salvo ver el tiempo pasar mientras pensaban en la reproducción de los gamusinos. Ya pasaron los carnavales. El jolgorio acabó. Estamos en tiempo de reflexión y recogimiento y ahora llega el momento de los libros escolares.

En estas fechas siempre me asaltan las mismas reflexiones, a saber, mis abuelos fueron maestros, creo que eso ya lo conté en alguna ocasión. Maestros en aquella época en la que ser maestro era un honor. A los que se saludaba con respeto y se recordaba con cariño. Maestros a los que se trataba de don, o de doña. En mi casa la educación siempre fue lo primero, y si me apuras lo segundo y lo tercero. Recuerdo rogar por unas botas nuevas, pero para comprar libros nunca se me regateó nada. Me considero una persona relativamente instruida y con una educación que me permite desenvolverme en la vida. Y aun así, recuerdo que me pasé los primeros años de colegio con dos libros: una cartilla para leer y una caligrafía para aprender a escribir. Y un cuaderno que servía para todo y en el que aprendía a sumar palotes. Más tarde íbamos que chutábamos con un libro por asignatura (menos en gimnasia y en pretecnología, claro, allí necesitabas unas zapatillas y un dedal). Los libros eran libros de verdad, no álbumes de figuritas. Tenían bloques de texto. Montones de texto. Párrafos que debías aprenderte de memoria. ¡Anatema! Acabo de pronunciar la palabra prohibida: memoria. ¿Qué es eso? La memoria, esa gran desconocida de nuestros hijos. Por no recordar, hoy no recordamos ni siquiera el teléfono de nuestra casa. Mucho menos van a recordar nuestros retoños todos los países y sus correspondientes capitales, o qué fue lo que ocurrió en el 1789, por poner un ejemplo. Se basan en que hoy se puede googlear cualquier cosa. Pero déjenme decirles que es mentira. Porque para todo hay que saber, y a investigar también se aprende. La red es una inmensa biblioteca, es cierto. Pero, como todas las bibliotecas, tiene sus normas y sus reglas, sus códigos. Y si no sabes buscar no vas a encontrar. O vas a encontrar pura mierda. Que también la hay. En abundancia.

Nuestros hijos van a ser unos ignorantes. Los suyos, los míos, los nuestros. No me cuenten la historieta de que están aprendiendo las habilidades que les van a ser requeridas en los nuevos tiempos porque no me lo creo. No están aprendiendo nada. Saben un centímetro de profundidad de un océano de pendejadas. Picotean de aquí y de allí y al final no recuerdan nada. Ven muchas imágenes sin recordar a cuento de qué las están mirando. No son capaces de relacionar hechos con datos. No pueden conectar acontecimientos con sus causas. Y no estoy hablando en balde, tengo dos hijos, todo lo que digo lo digo con conocimiento de causa. En casa trato de suplir las deficiencias escolares, pero supongo que la marea de ignorancia generalizada sea más fuerte y se los lleve por delante. O quizás no, aún me queda la esperanza de que todo lo que estoy tratando de inculcarles les permee. Lecturas, viajes, explicaciones, lecturas, lecturas, lecturas…

Pero luego llegan fechas como estas y me pongo a hojear los libros de texto y ahí es el llanto y el crujir de dientes, y me digo que es normal que crean que su madre está loca, si total, pueden pasar de año con las banalidades que tienen en sus libros de texto, ¿para qué esforzarse?...


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864490
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América