¿A qué sabe la corrupción? Dice mi entrañable amigo Tito Piedra, que la corrupción es un menjurje secreto que se cocina en patios interiores. Según Tito es una mística combinación de olores y sabores: polvillo de algarrobo, mondongo, ñajú, bollerías, cangrejo molido y jugo de cañafístula. La estrafalaria receta me recuerda el trago favorito de Clodomiro: ron Mono Gordo con chicheme y soda roja.
Tiene razón Tito, la corrupción es un plato secreto. Quien la cocina lo comparte con pocos invitados. A decir verdad, ese chef sería muy feliz si, como Macario, pudiera comerse él solito el guajolote; cosa imposible, porque el aroma atrae a quienes no se les puede negar un plato.
Con todo y lo secreto, la corrupción es el plato más internacional que existe. Desde el banco Ambrosiano, que ni con fondos benditos del Vaticano pudo evitar su derrumbe en medio de escándalos y muertes, pasando por las increíbles cuentas de Ferdinand Marcos y las zapaterías de su mujer, hasta las madrigueras de los cocaineros del Chorrillo, y, por supuesto, por los refrigerados y asépticos salones de legislaturas, presidencias y ministerios: corruption à la carte!
Es tan fácil la corrupción que ni siquiera tienes que ser muy listo para cocinarla. Con sólo estar cerca de los ingredientes, ¡fuácata!, de un cucharazo te conviertes en gran maestro con invitaciones a concursos internacionales.
Las recetas de la doña Flor de Jorge Amado, Isabel Allende y la tía Lala, resultan insípidas comparadas con la olla corrupta. Y no se deje engañar si el adobe aparenta ser complicado, cualquiera que actúe como un imbécil, aunque sea de verdad un imbécil, aprende a cocinarla con una mano amarrada, parado en un pie y con un ojo cerrado.
La corrupción, además de sabores, guarda en su alacena temas para grandes libros. Inconveniente, pues las páginas de los buenos libros dañan el sabor de la corrupción. Pienso en La Constitución como atenuante (ya que es imposible su entera desaparición) de la popular cocina corrupta. En conjunto con los retortijones de la conciencia y el temor a la policía, una buena Constitución disminuiría las ganas de banquetearnos con esa cocina predadora.