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El síndrome


El historiador Alfredo Bastimentos sufría de un mal pocas veces visto: el síndrome del recuerdo urbano. A plena luz del día, se le transformaban las imágenes y lo que sus ojos veían eran recuerdos, vistas de la ciudad décadas atrás. Su hijo mayor contó que la primera vez, Alfredo lo dejó en el Colegio La Salle en la Avenida Balboa, y le preguntó por qué se dirigía al Club Miramar, si ese lugar no era para adolescentes. En todo caso, si era así, él lo esperaría en la entrada del Astillero Pinel, y señalaba al Club de Yates. Juan lo observó unos segundos, y creyó que aquello era producto de su buen humor de historiador. No le dio importancia, y hasta se fue sonriendo de las ocurrencias de su extravagante padre.

Tiempo después, caminaba por la Cinta Costera al lado de la Avenida Balboa, cuando empezó a bracear en el aire y a pedir ayuda. La gente se acercó a auxiliarlo. Alfredo pedía que lo sacaran del agua, puesto que no sabía nadar. Sentado en la acera y más calmado, les explicaba a los transeúntes que, de golpe, se encontró nadando en la parte más profunda de la Playa de Bella Vista.

-¡Pero, señor! ¡Esa playa fue destruida por la Avenida Balboa, mucho tiempo atrás! ¡Hace más de cincuenta años!- le dijo uno de ellos.

 

-Ahora lo veo- fueron sus palabras, luego de unos segundos llenos de vergüenza.

En la zona de Costa del Este empezó a sentir cómo un tufo asfixiante le taponaba la garganta. Se abrió el nudo de la corbata. Se rasgó la camisa. Con aspavientos desesperados, trató de abrir la puerta. Casi se lanzó del vehículo en marcha. Le salvó la rápida acción de su amigo, quien frenó y le sostuvo las manos.

-¡Me asfixio, me asfixio!- y con arcadas profundas se lanzó a la grama de la acera. Cuando recobró la calma, le confesó a su amigo que se vio en medio de los humos del vertedero de la ciudad y que los gallotes le picoteaban el cuerpo. Este lo miró extrañado.

 

-Alfredo, no solo no hay gallotes, sino que ese vertedero, el de Panamá La Vieja, no existe más- Lo miró con preocupación, y lo ayudó a subirse al auto nuevamente.

Las escenas raras se repetían. Su mujer estaba al borde del colapso, pues lo creía loco de remate. Un día, la llamaron las autoridades municipales para decirle que a su esposo lo habían rescatado medio desnudo, dándose un baño y tomando sol, bajo el puente del contaminado río Juan Díaz.

Esa vez no solo lo bañaron en agua oxigenada y alcohol en la sede de la Cruz Roja, sino que discretamente llamaron a los psiquiatras del hospital. Tras algunas discusiones, lo dejaron ir en manos de su esposa. Finalmente tuvo que ser aislado en el pabellón de los esquizofrénicos del Matías Hernández. La Sociedad Bolivariana y los Historiadores del Istmo argumentaron a su favor. Tras un tiempo, le dieron de alta. Los médicos no tenían un diagnóstico final. Dada la incertidumbre, parte de la junta recomendaba aire puro y reposo. Otros aseguraron que era un nuevo caso de locura contemporánea que podía contagiarse.

 

Todo marchó bien por años. Su familia lo aceptó otra vez. Alfredo se olvidó de esas viejas alucinaciones urbanas. Hasta fue nombrado director del Instituto de Cultura durante el llamado gobierno de los locos.

Poco tiempo después de los escándalos de la restauración del Casco Antiguo, y de los desatinos de Bella Vista y San Francisco, lo vieron junto a otros, todos hablando en un inglés perfecto, dirigiéndose a lo alto, al cielo, en medio de una vía que alguna vez tuvo a un Roosevelt de bronce sentado en su silla, y que falsos nacionalistas fundieran para su beneficio propio.


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640344
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América