Hoy seguimos en nuestro intento por "meternos" en la cabeza de Jim Wilson y tratar de entender lo que el máximo directivo de la empresa que administra el hipódromo panameño se trae entre manos.
Si nuestra hipótesis resulta ser la correcta, en el sentido de que la idea del sujeto en cuestión es globalizar la actividad hípica de la región, lo justo sería que explicara a las partes interesadas su plan para compartir esperanzas con ellos.
Hace aproximadamente dos años, durante un encuentro con la prensa, Wilson expresó una idea que más o menos decía lo siguiente: "Yo lo que quiero que ustedes comprendan que es mejor repartir un gran pastel entre los que estamos aquí, para que a cada uno les toque un pedazo más grande, que seguirnos repartiendo el mismo pastel chiquito de siempre y con las mismas porciones pequeñas de siempre".
Para Wilson, quien es el dueño de este corporación, quizás le resulte fácil filosofar sobre un pastel y hablar sobre riquezas futuras, cuando sabe que si Panamá no hay (ganancias) todavía le queda la opción de sus cajas registradoras en Puerto Rico, Colombia, República Dominica, Ecuador y próximamente Uruguay. Es fácil hablar de hambre con la boca llena.
No creemos que nadie pueda oponerse a que se integren las actividades hípicas de todos los países del área a sabiendas de que por razones históricas, geográficas y hasta tecnológicas, Panamá sería uno de los grandes beneficiarios.
Lo que sucede es que los profesionales de la hípica, por lo menos los panameños, no pueden seguir velándole el sueño a Equus y a Jim Wilson con los bolsillos vacíos.
Esperanzas pueden haber cuando impera un ambiente de estabilidad económica, que es precisamente lo han venido padeciendo los dueños de caballos, jinetes, mozos de corral y demás profesionales de la hípica nuestra.
El problema no es lo poco que se esté ganando, la inquietud es que cada día los ingresos bajan más. Se ha desmejorado sensiblemente los ingresos, ya que las apuestas han ido en una curva descendente, en comparación con dos o tres lustros atrás y, consecuentemente, los ingresos en términos de los porcentajes que le corresponden a estos profesiones como participación de las apuestas, son cada día más escuálidos.
Así no se puede soñar. Así se vive una pesadilla constante.