“Hay esperanza cuando la gente puede oír las dos partes” Stuart Mill
Me parece que el límpido poder democrático de un país comienza a descomponerse y se convierte en un mazacote mefítico de fuerza tiránica cuando repele, controla y aterroriza a la opinión pública. Lo hizo Hitler, lo hace Correa y cualquiera que todavía no entienda que a un pueblo le pueden quitar muchas libertades menos la de criticar. Es la primera flaqueza de los tiranos cabezones: silenciar a costa de atropellos. Es el mazo de gobiernos totalitarios (fascistas o comunistas) y toda la satrapía, militar o no, que ni siquiera se escudan tras un cartelón ideológico. Por ahí comienza su bancarrota.
El pueblo no soportará mucho tiempo a quien lo amordaza.
Los literatos que escriben sobre política deben ser independientes, sin partido. Deben ejercer, sin sospechas de conveniencias, su derecho a escribir y decir lo que piensan. Al destapar la verdad, pondrán al descubierto los tejemanejes del Estado. Hay que atreverse, pues no basta no mentir, hay que decir la verdad.
Todavía en Panamá no hemos engrillado ni amordazado el derecho a disentir. Es triste que en Ecuador por disidencia con el poder y por criticarlo: dieron a un periodista tres años de cárcel y una multa por la tragicómica suma de 40 millones de dólares para desagraviar al todopoderoso. ¿Con eso basta? Con mil millones, el señor Carlos Pérez Barriga de seguro se daría el gusto de agraviar a Correa un año entero.
Siempre hay tiempo para sacar las extremidades del fango del terrorismo de estado. Pocos lo hacen. Eche un vistazo a la historia y mire lo que les ha costado. ¿Que es malo comparar? Peor es pasar por alto los ejemplos. Un presidente inteligente lee, escucha, entiende los clarinazos que envía el pueblo a través de sus voceros, sean periodistas, cafetineros o discurseadores de barricada. Se necesita cierta potencia cerebral para reconocer un error. La autocrítica gana puntos políticos. El valor y la inteligencia se atreven a dar marcha atrás a una chambonada. ¡Y produce ganancias!
De todas maneras, los gobernantes saben que es más fácil ensillar un gallinazo o sacarse una ladilla con un guante de boxeo que silenciar las quejas del pueblo. No deben olvidar que todo es efímero, todo pasa. El poder, la juventud, la alegría, los dólares; los barre el tiempo, por suerte también las tristezas y los tiranos.