Le dije al periodista español, mientras el insólito aguacero de febrero se mezclaba con las gruesas gotas de sudor que empapaban su camisa. Me refería al carácter caprichoso del clima, que por estos lares suele ser tan imprevisible como el comportamiento de los transeúntes.
Atrapados bajo el parapeto de una construcción, apenas divisé la mancha amarilla que se aproximaba junto a la acera haciendo sonar el claxon, le hice señas para que se detuviera. A mi compañero de taxi le comenté que este era un fenómeno inusual, ya que bajo el Trópico de Cáncer teníamos dos estaciones claramente marcadas, la lluvia en invierno y la sequía del verano y no las cuatro típicas de los climas templados. Tampoco pareció entender mi explicación cuando quiso saber por qué le había preguntado al chofer del taxi si iba a la dirección dada. Aún para quien por profesión y predisposición tiene la tendencia de opinar explicando, le resulta difícil hacer entender al extranjero la práctica del “pa´allá no voy”. No sé si fue en sorna o en serio, pero me preguntó si ese era el lema de la empresa.
Durante el trayecto continuamos hablando sobre el clima. Un tema obligado, pues el interlocutor que llegaba por primera vez a nuestro país venía para hacer un reportaje sobre la influencia del clima en la conducta humana. Tema que como cicerone me había visto obligado a leer. Lo primero que quiso saber fue la cantidad de huracanes que teníamos por temporada. Le dije que ninguno. Pero recordé que hace algunos años, a esa misma pregunta, respondió una cola de huracán que se llevó varios techos y los árboles más hermosos del parque Urraca.
Camino al periódico hablamos sobre las diferencias entre el terremoto de Haití y el de Chile. Compartimos una conclusión muy simple. Era la diferencia entre un país del primer mundo y uno que se debate por pertenecer a éste. No comenté sobre la opinión que tendrían los afectados, pues era obvio que allí las diferencias se borran. Una desgracia así, es atroz en cualquier parte. Aún para los que niegan la mano del hombre en el calentamiento global. La misma mano con la que reciben los dividendos de las fábricas contaminantes.
Por el rabo del ojo noté que mi compañero no había dejado de transpirar. Se lo hice saber. Joder hombre, si con este frío, dan ganas de tocar castañuelas. Reí por la ocurrencia y asumí que el humor cachondo de los españoles no se ve afectado por el clima. En tanto, al llegar a la redacción, el chofer estacionó en doble fila bloqueando la salida de un garaje y tardó cinco minutos para darnos el vuelto. La secretaria estaba almorzando y el director había olvidado la cita. Ante la inquietud imposible de disimular de nuestro huésped no se me ocurrió otra cosa que decir: Es por el clima, ¿sabe? El hombre, bastante irritado, se dio vuelta y me apostrofó: ¿Y cuándo c…o va nevar en este país? Avergonzado, no supe que responder, simplemente moví los hombros para restarle importancia al asunto. Tal vez fue en sueños, tal vez no, pero les aseguro que al menos para mí, esa noche nevó.