Deportes

El último día de julio

En Madrid, el último día de julio de 1981, hacía un sol de verano radiante, de playa, el aire olía y sabía a Mediterráneo..


En Panamá, en aquellos tiempo —dicen los mayores— el que no daba bola en la escuela, el que no aprobaba los cursos, se le mandaba a las academias militares. Así fue como se transformaron muchos renegados académicos en coroneles, generales y hasta en dictadores. Vuelven a decir los mayores, que solo cursó el primer año de escuela secundaria en la Escuela Normal de Santiago de Veraguas.

En Madrid, el último día de julio de 1981, hacía un sol de verano radiante, de playa, el aire olía y sabía a Mediterráneo, pero ésto seguramente lo imaginábamos, porque aunque la brisa venía del este, el Mediterráneo quedaba a más de 400 kilómetros de la capital española. Desde el balcón del sexto piso, evitando ser descubiertos, podíamos ver sin ser vistos toda la geografía mediterránea de Angeline, que en la canícula madrileña tomaba el sol en un bikini minúsculo, cubriendo lo que fácilmente se imaginaba.

Angeline vivía en el segundo piso del edifico contiguo, y nosotros, todos, sin excepción, estábamos enamorados de ella. Con la mirada seguíamos aquella silueta de curvas bien definidas y aunque nos encandilaba el resplandor del sol que reflejaban sus caderas con bronceador, nos aferrábamos a aquellos huesos con el ceño fruncido pero sin parpadear, valientes lectores de aquel libro vivo, tan castizo y picaresco como el Quijote o el Lazarillo de Tormes.

La belleza de Angeline también era de ficción. No habían ojos más azules que aquellos, y en ese entonces los ojos no se quitaban en la noche cuando ya no hacían falta para el engaño. Para distraer el embeleso que nos causaba su mirada, nos decía que el color azul de sus ojos era una reflexión del cielo que se le había quedado para siempre ahí metida, porque de niña se pasaba horas buscando a Dios con la mirada. Recuerdan al indio maya q'eqchi', que de tanto mirar la selva del Petén se le tornaron los ojos verdes como la clorofila.

En eso andábamos cuando nos descubrieron infraganti. La puerta de la entrada al apartamento se abrió violentamente y sin poder ver quién era escuchamos pasos cada vez más claros. Casi sin aliento apareció en el balcón con el rostro consternado y jadeando. Nos miró fijamente y gritó: «mataron al general».

Bang, bang! Con el machete en la mano y un motete en la espalda lleno de yuca, ñame y maíz, el campesino dijo: «éso fue lo que escuché aquel día, fueron dos las explosiones». Lóbrego quedó el cerro de Santa Marta y de luto aún lloran los búfalos trinitenses en Coclesito.


fecha edicion
old id
939069
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América