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El último domingo de Carnaval


Recuerdo aquellos días como si fuera hoy. Los vientos alisios, que en el mes de febrero soplan desde el norte, refrescaban las calles del pueblo, bajo el sol radiante del verano que ese año inició desde el mes de noviembre y tiñó de ocre los potreros circundantes a esta comunidad, que por estar tan lejos de los polos del desarrollo, durante todo el año era como un pueblo fantasma, pero que cobraba vida con la celebración del Carnaval, que año tras año convocaba a cientos de personas, procedentes de todo el país, atraídos por la alegría de estas fiestas y por la belleza de las mujeres de este viejo pueblo colonial, que conservaba intactas sus casas de quincha y sus calles empedradas, al igual que sus laboriosas mujeres, famosas por su hermosura, descendiente de los españoles y por las trabajadas polleras que confeccionaban con la precisión de una máquina, pero con la fineza y el encanto de la mano de un ángel.

Rosita era la hija de Don Asunción y Doña Carmela, y tenía fama de ser la joven más hermosa de todos estos pueblos. Con larga cabellera negra, sobre la piel alabastrina y ojos azabaches de fuego, era la admiración de propios y extraños por el encanto natural y fresco de sus 17 años y por haberse convertido en una experta en la confección de las polleras de gala, difícil labor que realizaba con la naturalidad de una anciana costurera.

Su madre la enseñó a zurcir y a calar desde que era una niña y su destreza en la confección de estas complicadas costuras, la había convertido en una artesana de gran renombre por la fineza de sus creaciones.

 

Los días de Rosita transcurrían en el amplio portal de la Casa Grande, entre telas blancas de holán de hilo y hebras de colores radiantes que su madre mandaba a comprar en la capital. Allí se encontraba la primera vez que la vi. Como el resplandor de la tarde la encandilaba en su trabajo, se había colocado a coser detrás de la puerta, donde la luz era más agradable para las labores de costura. Por cosas del destino, tuve que visitar la casa de Don Asunción, para ofrecerle la cosecha de maíz seco de mi familia, que ese año no habíamos podido colocar en el mercado por falta de recursos.

Con el brío de mis 18 años y vestido de faena, llegué cabalgando en mi potro alazán de trabajo hasta el portal de la residencia, a la que habían apodado en el pueblo la Casa Grande.

- Buenas tardes, ¿está el Señor Asunción?

 

¿y quién lo busca? - respondió una dulce voz desde el interior de la casa, la que oí, sin poder ver de quién provenían tan suaves notas que me dejaron encantado.

Es José Darío, de los Bultrones de Llano Largo, vengo a preguntar si Don Asunción está comprando maíz este año.

En ese momento, Rosita se levantó de su silla, oculta tras la puerta, dejando sobre un pequeño taburete las costuras que la ocupaban y se reveló ante mí, como si fuera una aparición divina, la hermosa dueña de esa voz tan dulce, que me había robado el corazón. Me quedé paralizado como una estatua, luchando con sentimientos de asombro, de miedo, de alegría, de encanto, pero sobre todo de amor, sí, de amor, porque la fuerza de sus ojos negros me traspasó el pecho; nunca había visto un ser más hermoso sobre esta tierra. En ese momento pensé que no era real, que era una trampa de mi mente o de mis ojos encandilados por la destellante luz del sol, pero al ver que lo que tenía ante mí era una doncella de carne y hueso, salté de mi caballo y antes de tocar con mis pies el suelo del portal de esa distinguida casa, supe que esta era la mujer con la que quería vivir el resto de mis días.

 

Señorita, buenas tardes ??" susurré tomando su mano como quien roza los pétalos de una flor.

Buenas tardes joven, yo soy Rosita, la hija de Don Asunción ??" me contestó ruborizada, porque era la primera vez que ella sentía el roce de las manos ásperas de un hombre trabajador del campo, pero que le fueron tan gratas que sintió que le habían rozado el alma.

Mi padre no está, pero de seguro estará en casa al atardecer.

 

Entonces lo esperaré y si usted me lo permite, le haré compañía en el portal, hasta que pueda hablar con él. Y ¿Qué está haciendo Rosita?

Estoy terminando de armar la pollera que usaré el domingo de Carnaval, de hoy en ocho, cuando sea coronada como reina de la fiesta.

No podía ser de otra manera- contesté animado-, si es que no puede haber otra reina en la fiesta, porque estoy seguro de que en estas tierras no hay una señorita más hermosa que usted.

Y así pasó la tarde, ella cociendo y conversando y yo, sorbiendo cada minuto de ese tiempo que fue el más feliz de mi vida.

Durante los siguientes siete días, todas las tardes busqué excusas para viajar en mi caballo, desde el caserío donde vivía con mis padres y familiares, hasta el pueblo, donde encontré cada día a Rosita, en su incansable labor de cocer esas telas que a mi me parecían lienzos sagrados, pero que para Rosita eran las hermosas ropas con las que se vestiría para ser coronada reina del Carnaval.

Pasé esas siete noches sin poder dormir, caminando por los senderos del amor primero, sudando las fiebres del corazón traspasado y pensando, con profundos escalofríos en el cuerpo, que el domingo, cuando Rosita fuera coronada Reina del Carnaval, sería el momento apropiado para revelarle que era la dueña de mis pensamientos más profundos, de mis deseos incontenibles y de mi corazón, que no había dejado de sufrir desde el día en que la conocí. Una sola idea me robaba la calma, el no saber si Rosita tenía por mí esos mismos sentimientos.

La mañana del domingo, cuando Rosita salía de la iglesia con su madre, después de la misa de las siete, al canto de las campanas de la torre, yo la esperaba en el parque del pueblo.

Doña Carmela, Señorita Rosita- saludé quitándome el sombreo y dándole la mano a la mujer que me había hechizado.

José Darío, ¿qué hace usted por la parroquia el domingo tan temprano? Contestó la madre.

Vine porque, como hoy es el día en que van a coronar a Rosita como reina del Carnaval, le he traído un regalo.

En ese momento, saqué de una caja larga y delgada en la que me habían colocado el presente, un mazo de velas blancas, unidas con cintas de colores y con ese sutil olor a miel de abeja de la cera compacta de los cirios. Había mandado a hacer ese mazo con las mejores velas que había en la tienda del pueblo y pedí que lo forraran con hermosas cintas, recordando los colores con los que esa semana había zurcido Rosita, todas las tardes, su pollera de gala para la coronación.

-Rosita, este mazo de velas es para que se alumbre esta noche-

-Gracias José Darío- contestó Rosita dándome la mano y regalándome una sonrisa coqueta que me tranquilizó las ansias.

Cayó la tarde y el pueblo estaba lleno de gente. La noche tenía vida, en todas las esquinas se oía el ritmo de los tambores, el canto de las mujeres, los sones del acordeón y del violín; en todas partes resonaba el toque de la churuca con su chucu-chucu, alegrando a la gente, marcando el ritmo de los bailes y recordando con su son el nombre del pueblo.

A lo lejos, se oía el cantar de una tuna enorme, que se acercaba entre músicas y coplas. Llegaba la reina del Carnaval. Rodeada de frescas compañeras, ataviadas con el traje nacional, ella destacaba entre todas, cargando como un faro de luces entre la gente, el mazo de velas que le regalé. Los destellos de las candelas reflejaban en su rostro la alegría de la que es dueña de la fiesta. Mi corazón latía cada vez con más fuerza, sabiendo que esa noche declararía a Rosita mi amor y ya no habría más secretos, sólo un amor que nacería y que esperaba fuera correspondido.

Yo estaba en el portal donde durante siete días había venerado la belleza de esta joven que ahora estaba convertida en el objeto de todas las miradas. Cuando pasó frente a mí, dejó caer su pañuelo blanco, el cual recogí con rapidez, pero cuando quise regresárselo ya había avanzado la turba de gente que alegres victoreaban a su majestad.

El ambiente estaba lleno de magia, las mujeres bailaban con sus polleras y los hombres las rociaban con perfumes y aguas floridas que impregnaban la noche con fragancias de ensueño. Era Rosita la más admirada por los concurrentes y ella disfrutaba del momento como si fuera el último Carnaval de su vida.

Todos los caballeros del pueblo la bañaban con esencias perfumadas al verla bailar con la alegría y el donaire de la juventud a flor de piel, hasta que, una de las flamas del mazo tocó súbitamente el encaje de su camisa. Las llamas se extendieron en un segundo por su traje, la gente corría, las mujeres gritaban, los hombres trataban de apagar a Rosita, que se consumió frente a mí, presa de las insofocables llamas que la calcinaron, mientras yo miraba la desgracia desde el portal de la Casa Grande.

Esa fue la última vez que se celebró el Carnaval en la Tierra del Chucu-Chucu, yo no volví nunca más a visitar el pueblo y he hecho mi vida lejos de ese lugar que me causa tanta tristeza. Ahora soy un viejo que ha querido olvidar el pasado, aunque aún conservo conmigo el pañuelo de Rosita, en el que ella había bordado con sus manos de ángel las iniciales de mi nombre dentro de un corazón.


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335141
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América